
Por Héctor Cortés Mandujano
En Dan en la vida real (2007, dirigida por Peter Hedges), título traducido literalmente del inglés, la hija del protagonista, a pregunta expresa de su padre sobre el tema le responde: “Eres buen padre, pero a veces eres mal papá”.
Esta diferenciación en términos, que yo noto en varios amigos cuando se refieren a sus progenitores, dicen Bruno Bettelheim y Karen Zelan, en su libro Aprender a leer (Grijalbo-Conaculta, 1990), la hacen los niños cuando empiezan a leer. Uno de los que citan en su estudio dice no conocer la palabra madre, hasta que se la explican (p. 114): “Sencillamente se negaba a referirse a su madre utilizando una palabra que no reflejaba sus sentimientos hacia ella”.
Le dieron otro texto donde decía “Hola, padre” y leyó “Hola, papá”. “Obviamente, semejantes errores de lecturas son sustituciones sinónimas”. Mi hija se negó desde niña a llamarme por mi nombre, como se lo pedí. Lo menos cariñoso que me dice es papá. Ah, las palabras que trasminan sentimientos.
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Mi mujer sembró, más o menos lejos de la casa, unas semillas de calabaza. Con las lluvias, supongo, las guías se convirtieron en algo parecido a las plantas extraterrestres que retrata H. G. Wells en La guerra de los mundos y desde hace unos días invadieron hasta nuestras banquetas. Pensamos que tendríamos calabazas hasta pa’ aventar pa’rriba, pero doña Greis, la señora que nos ayuda con el aseo, nos dijo que a esos vegetales no les gusta que se les vea ni se les toque, algo que hacen constantemente nuestras perras. Sólo han dado flores, que usamos para las quesadillas, y las pocas nacidas se pudren sin crecer. Ni modo
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Releí La isla del tesoro, de Stevenson, y en mi ejemplar, de gran formato y bellas ilustraciones, también se anota el lugar común de que este autor inglés escribió un capítulo por día de este clásico. Son muchísimos los autores rápidos y eficaces. En el librito De lo real maravilloso americano, de Alejo Carpentier (UNAM, 2004), se dice que este célebre novelista cubano escribió en 1927 ¡Ecué-Yamba-Ó!, su primera novela (p. 7), “en el breve lapso de nueve días en una prisión de
En su ensayo, Carpentier habla del lector latinoamericano que (p. 32) “abre la gran crónica de Bernal Díaz del Castillo y se encuentra con el único libro de caballería real y fidedigno que se haya escrito”. Esta visión del lector latino que cree en lo fantástico, que lee la fantasía como si fuera real, es sostenida también por García Márquez en una larga cita que incluye Delia Lerner en su ensayo Leer y escribir en la escuela (FCE-SEP, 2001: 115): “Debo ser un lector muy ingenuo, porque nunca pensé que los novelistas quisiesen decir más de lo que dicen. […] Creo que hubo, en realidad, un tiempo en que las alfombras volaban y que había genios prisioneros dentro de las botellas. […] Creo, en fin, que Vidriera –de Cervantes– era en realidad de vidrio, como él decía en su locura, y creo realmente en la jubilosa verdad de que Gargantúa orinaba torrencialmente sobre las catedrales de París”.
Esta idea la refuerza Mario Vargas Llosa en su ensayo El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, donde se habla no sólo de confundir realidad y ficción en la lectura, sino también en la vida (Alfaguara, 2009: 166): “Como los héroes de Onetti, desde los tiempos inmemoriales —desde los años coloniales sobre todo—, los latinoamericanos acostumbran rechazar el mundo real y concreto y sustituirlo por espejismos y quimeras, distintas formas de irrealidad, desde las abstracciones y dogmas de la religión hasta las ideologías revolucionarias disfrazadas de leyes de la historia”.
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En Memorias, Ludwik Margules (Ediciones El Milagro-Conaculta, 2004), escritas por Rodolfo Obregón, este gran maestro de escena, que vino a los veinticuatro años de Polonia y se quedó a vivir en México, habla de una ambición con la que a veces a mí me gusta soñar (p. 57): “Yo quisiera un teatro para trescientos sesenta y cinco espectadores, a saber: una persona diariamente en el trascurso de un año. Me interesa cada vez más y más el individuo y no la masa”.
También estoy de acuerdo con esto (p. 62): “Nuestra época, como diría Jan Kott, se refleja en la isabelina más que en cualquier otra. Yo afirmaría que difícilmente nuestra existencia, la del hombre de la era atómica, la pudo expresar hasta ahora un dramaturgo contemporáneo. Resulta que Marlowe, Molière y Shakespeare son mucho más contemporáneos que los dramaturgos actuales para expresar nuestra realidad”.
En su ensayo “Los clásicos, hoy: un asunto de amor” (incluido en Filología mexicana, UNAM, 2001) dice Giusepinna Grammatico (p. 35): “Los clásicos y nosotros. Dos polos extremos. Nosotros: el reinado de lo que hoy es y mañana no es; de lo light, lo intrascendente, lo voluble; de lo que sirve para esto y aquello, lo que subyace a todas las modas, lo que robotiza. Ellos: el imperio de la plenitud; de lo que nunca deja de ser; de lo importante, lo trascendente, lo inmutable; de lo que no sirve para nada que se pueda ver y tocar, de lo que tiende hacia paradigmas eternos, de lo que simplemente… humaniza”.
Me pasó cuando adapté y participé en el montaje de El sueño de Macbeth, basado en el texto de Shakespeare. Hablábamos y parecía que nos referíamos a lo que pasa ahora, al ser humano de todos los tiempos, y no a lo que alude la obra del año 1600.
Declara también Margules sobre Viaje de un largo día hacia la noche (p. 178-179): “Dicen sus biógrafos que O’Neill escribía llorando, ya con un parkinson avanzado y, desde luego, tuberculosis. O’Neill eligió a su familia para describir la agonía. […] Ningún dramaturgo antes de O´Neill ha profundizado con tanta fuerza y tanta sabiduría en la agonía de la gente”.
Eugene O’Neill, norteamericano de origen irlandés, ganó el Premio Nobel de Literatura en 1936; luego de casi sesenta obras previas, escribió, para que fuera publicada después de su muerte, Viaje de un largo día hacia la noche, basada sin mayores cuentos, con feroz honestidad, en su vida y su familia. Los personajes únicos, salvo por la fugaz aparición de una doncella, son él mismo (usó Edmund, el nombre de un hermano muerto), su padre James, su madre Mary y su hermano mayor James. Regaló el manuscrito, en su doceavo aniversario de bodas, el 22 de julio de
Mi ejemplar (Ediciones Altaya, 1995) está súper anotado y tampoco se tienta el alma para precisar con pelos y señales lo que el texto sugiere.
Por ejemplo, en el inicio del segundo acto, James (Jamie, como lo nombran de cariño), el hermano mayor, dice a Eugene-Edmund sobre la enfermedad de su madre (p. 49): “Ya sé que crees que soy un hijo de puta y un cínico, pero no olvides que he visto más cosas que tú. Hasta que empezaste el bachillerato no te enteraste de lo que pasaba”. El pie de página pormenoriza: “En el verano de 1905, que fue especialmente lluvioso y afectó a la salud de Ella Quinlan (nombre real de la mamá de Eugene) más de lo habitual. Eugene fue testigo de una de las más graves crisis sufridas por su madre. La constante lluvia le había impedido salir de casa para comprar morfina y agotó la poca que tenía de reserva. Tras una violenta escena, Ella salió de noche en camisón e intentó arrojarse al mar, teniendo que ser reducida por Jamie y su marido. A la mañana siguiente, ambos se vieron forzados a comunicar a Eugene la verdadera naturaleza de la enfermedad de su madre”.
Conversan la madre y el padre; ésta le dice (p. 71): “Y luego, nada más casarnos, vino el escándalo de aquella amante tuya”. Dicen las tres primeras líneas del abultado pie de página: “Posiblemente se hace referencia a la aventura que James O`Neill mantuvo con Nettie Walsh, a quien conoció en Cleveland, en 1871, cuando ella tenía quince años y con la que convivió durante cuatro años”.
Esta investigación a detalle de su biografía, que él debió padecer, supongo, lo debe haber orillado a publicar su obra más trascendente, más profunda, más humana, cuando ya no tuviera que ver cómo armaban con su vida un rompecabezas no necesariamente agradable. Al fin, como dice en la carta a su mujer, él escribió la obra (p. 7) “con profunda piedad, comprensión y perdón para con todos los atormentados Tyrone” (usa como sustitución de O’Neill, el nombre del condado irlandés de donde proviene su apellido, según el pie de página).
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En Betty Fisher y otras historias (2001, dirigida por Claude Miller) dice la mamá a su hija, que es también mamá, pero ésta sí amorosa con su vástago: “Nunca entendí a las mujeres que quieren ser madres”.
“Lo sé”, es la respuesta lacónica.
La película explora, sin aspavientos, por lo menos tres formas maternas de relacionarse con los hijos. Aparte de las dos anteriores, hay una tercera; tuvo muchos amantes y cuando le piden precisar quién es el papá explota: “Me acosté con ocho o nueve hombres en esa semana y no sé quién me embarazó, ni me importa”. Por eso llama a su hijo, de cariño, “bastardito”.
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Quedo solo en un café, entre una cita y otra (los cafés son mis oficinas transitorias), y se acerca una viejecita presumiblemente indígena a pedirme una moneda. Digo “no” con la cabeza y continúo leyendo. Insiste.
Levanto la vista y ella acentúa la ensayada teatralidad de su gesto. Digo que no, verbalmente, y su expresión cambia: me ve con dureza y trata de imprimir rabia, ironía, desprecio a su última palabra frente a mí:
—Gracias.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com
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