
Uno pasa el algodón húmedo con agua oxigenada
por aquellas heridas purulentas y, al llevarse las secreciones,
al dejar esas heridas rosadas y limpias,
uno imagina el alivio. En ese bálsamo en que una,
sin querer, se está convirtiendo.
Mónica Lavín en Las rebeldes
por aquellas heridas purulentas y, al llevarse las secreciones,
al dejar esas heridas rosadas y limpias,
uno imagina el alivio. En ese bálsamo en que una,
sin querer, se está convirtiendo.
Mónica Lavín en Las rebeldes
Como el fuego helado del soneto célebre de Quevedo, el concepto novela histórica parece de suyo un oxímoron, pues la novela propone como elemento central la imaginación, y la Historia, por el contrario, una sujeción sólo a datos comprobables. Para meterse en esos berenjenales, por tanto, se necesita no sólo capacidad de investigación y conocimiento técnico en la escritura, sino, de inicio a fin, tener la imaginación bajo control (el desborde nos llevaría a lo inverosímil) y todos los pelos en la mano para no traicionar la historia verificable, sin caer en la profusión de datos que la harían más cercana a una tesis universitaria que a una obra de arte.
Mónica Lavín ya es diestra en estos menesteres. Logró antes un bestseller con Yo, la peor (Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2010), una ficción histórica sobre sor Juana, y ya se asomó a la Revolución Mexicana con su novela Café cortado (Plaza y Janés, 2001), justo en la etapa de Madero y Carranza que son los dos personajes que cambian la vida de Leonor Villegas, Jovita Idar, María de Jesús González, Adelita (“esa muchacha codiciada por los hombres de la tropa”, p. 233), Jenny Page, Lily Long y varias y varios más, reales e inventados, que respiran, sufren y aman en las páginas de Las rebeldes (Grijalbo, 2011).
Este libro es un nuevo mentís a cierta crítica que insiste en anotar que la novela de la Revolución inicia, en 1915, con Los de abajo, de Mariano Azuela, y concluye con Al filo del agua, de Agustín Yáñez, en 1947, pese a que los novelistas que nos anteceden (Rulfo, Fuentes, del Paso) y los actuales (Serna, Beltrán, Padilla y la propia Lavín) no cesan de hallar nuevas páginas que agregar a ese pasado que todavía sigue rozando, para bien y para mal, nuestro presente.
Las rebeldes está contada en breves fragmentos que hacen fácil y amena su lectura, y aunque los antecedentes reales se expliciten en el caso de su figura central (Leonor Villegas escribió su biografía y la tituló La rebelde), y en fechas y acontecimientos claves (el surgimiento de Madero y su muerte, el sangriento mandato de Huerta, la aparición de Carranza hasta su toma de poder y su asesinato), los otros personajes que supongo inventó Lavín (Jenny Page, sin ir más lejos, la narradora de la historia) son tan reales como aquellos que aparecen fotografiados por Eustasio, un personaje entrañable que, de una realidad donde estuvo mucho tiempo en la sombra, tiene ahora una viva presencia en la ficción.
(¿Y por qué Leonor se autodenomina rebelde? Ella misma lo comenta con su papá (p. 44): “¿Y recuerdas, papá, porque me llamabas la Rebelde? Te has cansado de repetir cómo entraron a nuestra casa y, al oír mi llanto de bebé, creyeron que era un rebelde escondido. Y que tú me mostraste, irritado, porque atentaban contra un inocente: ‘Ésta es la Rebelde’, los avergonzaste. Se fueron sin hacernos nada”.)
En apretada síntesis, y para que tenga sentido lo que diga en lo sucesivo, Las rebeldes es la historia de Leonor Villegas y el grupo de enfermeras que la acompañan en la fundación e itinerario de la Cruz Blanca Constitucionalista (aunque, p. 68, “ninguna guerra es de las mujeres”) para atender a los heridos en las luchas contra, una vez muerto Madero, el usurpador Victoriano Huerta. La narradora es Jenny Page (o Página, como la traduce Eustasio), quien luego de estar apenas tres meses en la Cruz Blanca, por una rebeldía contra su padre, y hallar allí, a los 17 años, un amor imposible (“el amor ocurre en los escenarios menos esperados”, p. 123), deja el país, se casa y vive en Estados Unidos, y vuelve a México un poco más de 40 años después, a los 59 de edad, para hallarse con dos paquetes y dos cartas entrañables: uno, con información, fotografías, notas, el manuscrito La rebelde y la petición de Leonor para que escriba su vida, y otro, que cierra la novela, con la carta de Eustasio y la fotografía que Jenny siempre llevó en su memoria.
Así, la novela es, por un lado, la historia de dos mujeres (una real, Leonor Villegas, quien nació en 1876, en Nuevo Laredo, Tamaulipas, y murió en 1955 en la ciudad de México, y otra inventada, Jenny Page, quien nació en Laredo, en 1896, y ahora tiene, decíamos, 59 años),quienes viven y conviven con varias y varios seres humanos que, no importa si son históricos o no, transpiran en las 368 páginas de esta novela escrita con sutileza, inteligencia y sabia mano; por otro lado, sin caer en lo prolijo, Las rebeldes tiene como telón de fondola lucha y muerte de Madero y la convivencia de estas mujeres con, entre otros, Carranza, Felipe Ángeles y Pablo González. La narración, sin embargo, logra un balance justo entre el orden de la investigación y el desorden de los recuerdos. Dice Jenny (p. 20): “He descubierto que la escritura hurga en la memoria como un barrenador, y si no encuentra, inventa, y luego no permite saber qué fue verdad y da por bueno lo que no ocurrió pero pudo haber ocurrido”.
Algo que también hace interesante este volumen es su procedimiento narrativo: Jenny, lo decíamos, vuelve a México en el presente de la novela y se encuentra con una caja que Leonor decidió dejar en sus manos para que escribiera la historia de lo ocurrido 40 años atrás. Con esto, Lavín cuenta alternadamente por lo menos tres historias: las dos primeras corresponden al pasado de Jenny y Leonor (que también se bifurcan en dos historias: la que vivieron juntas y la que Jenny conoce a partir de los documentos que revisa); la tercera ocurre en el presente de la narradora, pero hasta éste llegan olas del pasado que lo transforman. Las rebeldeses, pues, además, un juego de espejos donde Lavín investigó para inventar una mujer que a su vez investiga a otra y en este juego Jenny, una ficción, toma las manos reales de Lavín y Leonor para hablar de México y de amor en su acepción más genérica y más específica.
Un mérito más de Mónica es que su novela no es un planteamiento ideológico ni feminista. Las mujeres que opinan aquí lo hacen muy convincentemente desde el punto de vista de su actuación humana, no desde su perspectiva política, aunque es claro que están de parte de Madero y luego de Carranza, quieren a Ángeles y desconfían de Villa. Leonor, por ejemplo, tiene evidentes intereses políticos y por ello es juzgada con cierta dureza por Jenny, pero ésta asume sus opiniones sólo como eso, no como condena. Leonor no está de acuerdo con Villa, pero no lo insulta. Ramiro es parte del enemigo, pero no es tratado con desprecio. El tratamiento de Lavín, en el terreno ideológico, es de una agradecida tolerancia.
No hay sentencias políticas en contra de Carranza, pero sí juicios sobre su persona, sus lentes azules, su viudez que sólo duró un año, sus aventuras extramaritales. Hay las escenas de Pablo González buscando una bacinica para orinar, sintiendo una erección, en pleno combate sexual; hay el coqueteo que no pasa de allí entre Leonor y Felipe Ángeles, y el triple amor imposible entre Jenny y Ramiro, Eustasio y Jenny. Importa la humanidad, no las ideologías (p. 117): “Sabía que habían matado a Madero y que esta revuelta en la que Leonor y todas las muchachas estábamos metidas era por esa muerte. Pero no entendía muy bien de generales y traiciones. Lo que quería, sobre todo ahora que conocía a Ramiro, era comprender si había un lado equivocado. Y quién de los dos estaba equivocado”.
En una novela sobre mujeres, escrita por una mujer (Jovita Idar, una de las amigas reales de Leonor, y personaje en la novela, en 1911 crea la Liga Feminista), podría esperarse la aburrida cantaleta sobre los hombres y no, no son los monstruos culpables de todos los males femeninos, sino también, uf, seres humanos. Para decirlo en pocas palabras, Las rebeldes no es una novela tortuosa, estridente, agresiva, sino, como ya apunté antes, sutil e inteligente.La inteligencia narrativa de Lavín está en la administración de datos, que son muchos (aparecen de pronto como si no fueran importantes, como se deslizan en una conversación), que puestos siempre que convengan hacen que la historia fluya sin estorbos, sin piedras en el camino.
Y la sutileza está incluso en la descripción e interpretación de una mirada (Ramiro viendo a Jenny), una inclinación de cabeza (el saludo de Madero), la forma en que Leonor posa ante la cámara de Eustasio. Dios y el Diablo, dicen, están en los detalles y en esta novela de bordado fino, de atención a las arrugas en el mantel, de acomodo pensado, de puesta en escena que no olvida poner ningún dispositivo mínimo. Esto hace que no se noten las articulaciones, la unión entre la invención y el documento, la novela y la Historia.
Es sutil, vuelvo a ello, que sea Alberto Narro el que, al principio de la historia, detone la huida de Jenny de la casa paterna y que, al final, muchos años después, sirva tal vez como el lector de la misma. Ese personaje—como el Horacio de Hamlet que ve inmóvil todo lo que pasa con el príncipe y está cuando muere para contar su vida—, es, me parece, una metáfora del lector, de mí cuando leía, de los demás cuando se hallen en esas últimas líneas de una novela, de cuidada escritura y acertada fabulación, que nos deja la sensación no de un cuadro histórico, sino de un pedazo de vida.
Mónica Lavín ya es diestra en estos menesteres. Logró antes un bestseller con Yo, la peor (Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2010), una ficción histórica sobre sor Juana, y ya se asomó a la Revolución Mexicana con su novela Café cortado (Plaza y Janés, 2001), justo en la etapa de Madero y Carranza que son los dos personajes que cambian la vida de Leonor Villegas, Jovita Idar, María de Jesús González, Adelita (“esa muchacha codiciada por los hombres de la tropa”, p. 233), Jenny Page, Lily Long y varias y varios más, reales e inventados, que respiran, sufren y aman en las páginas de Las rebeldes (Grijalbo, 2011).
Este libro es un nuevo mentís a cierta crítica que insiste en anotar que la novela de la Revolución inicia, en 1915, con Los de abajo, de Mariano Azuela, y concluye con Al filo del agua, de Agustín Yáñez, en 1947, pese a que los novelistas que nos anteceden (Rulfo, Fuentes, del Paso) y los actuales (Serna, Beltrán, Padilla y la propia Lavín) no cesan de hallar nuevas páginas que agregar a ese pasado que todavía sigue rozando, para bien y para mal, nuestro presente.
Las rebeldes está contada en breves fragmentos que hacen fácil y amena su lectura, y aunque los antecedentes reales se expliciten en el caso de su figura central (Leonor Villegas escribió su biografía y la tituló La rebelde), y en fechas y acontecimientos claves (el surgimiento de Madero y su muerte, el sangriento mandato de Huerta, la aparición de Carranza hasta su toma de poder y su asesinato), los otros personajes que supongo inventó Lavín (Jenny Page, sin ir más lejos, la narradora de la historia) son tan reales como aquellos que aparecen fotografiados por Eustasio, un personaje entrañable que, de una realidad donde estuvo mucho tiempo en la sombra, tiene ahora una viva presencia en la ficción.
(¿Y por qué Leonor se autodenomina rebelde? Ella misma lo comenta con su papá (p. 44): “¿Y recuerdas, papá, porque me llamabas la Rebelde? Te has cansado de repetir cómo entraron a nuestra casa y, al oír mi llanto de bebé, creyeron que era un rebelde escondido. Y que tú me mostraste, irritado, porque atentaban contra un inocente: ‘Ésta es la Rebelde’, los avergonzaste. Se fueron sin hacernos nada”.)
En apretada síntesis, y para que tenga sentido lo que diga en lo sucesivo, Las rebeldes es la historia de Leonor Villegas y el grupo de enfermeras que la acompañan en la fundación e itinerario de la Cruz Blanca Constitucionalista (aunque, p. 68, “ninguna guerra es de las mujeres”) para atender a los heridos en las luchas contra, una vez muerto Madero, el usurpador Victoriano Huerta. La narradora es Jenny Page (o Página, como la traduce Eustasio), quien luego de estar apenas tres meses en la Cruz Blanca, por una rebeldía contra su padre, y hallar allí, a los 17 años, un amor imposible (“el amor ocurre en los escenarios menos esperados”, p. 123), deja el país, se casa y vive en Estados Unidos, y vuelve a México un poco más de 40 años después, a los 59 de edad, para hallarse con dos paquetes y dos cartas entrañables: uno, con información, fotografías, notas, el manuscrito La rebelde y la petición de Leonor para que escriba su vida, y otro, que cierra la novela, con la carta de Eustasio y la fotografía que Jenny siempre llevó en su memoria.
Así, la novela es, por un lado, la historia de dos mujeres (una real, Leonor Villegas, quien nació en 1876, en Nuevo Laredo, Tamaulipas, y murió en 1955 en la ciudad de México, y otra inventada, Jenny Page, quien nació en Laredo, en 1896, y ahora tiene, decíamos, 59 años),quienes viven y conviven con varias y varios seres humanos que, no importa si son históricos o no, transpiran en las 368 páginas de esta novela escrita con sutileza, inteligencia y sabia mano; por otro lado, sin caer en lo prolijo, Las rebeldes tiene como telón de fondola lucha y muerte de Madero y la convivencia de estas mujeres con, entre otros, Carranza, Felipe Ángeles y Pablo González. La narración, sin embargo, logra un balance justo entre el orden de la investigación y el desorden de los recuerdos. Dice Jenny (p. 20): “He descubierto que la escritura hurga en la memoria como un barrenador, y si no encuentra, inventa, y luego no permite saber qué fue verdad y da por bueno lo que no ocurrió pero pudo haber ocurrido”.
Algo que también hace interesante este volumen es su procedimiento narrativo: Jenny, lo decíamos, vuelve a México en el presente de la novela y se encuentra con una caja que Leonor decidió dejar en sus manos para que escribiera la historia de lo ocurrido 40 años atrás. Con esto, Lavín cuenta alternadamente por lo menos tres historias: las dos primeras corresponden al pasado de Jenny y Leonor (que también se bifurcan en dos historias: la que vivieron juntas y la que Jenny conoce a partir de los documentos que revisa); la tercera ocurre en el presente de la narradora, pero hasta éste llegan olas del pasado que lo transforman. Las rebeldeses, pues, además, un juego de espejos donde Lavín investigó para inventar una mujer que a su vez investiga a otra y en este juego Jenny, una ficción, toma las manos reales de Lavín y Leonor para hablar de México y de amor en su acepción más genérica y más específica.
Un mérito más de Mónica es que su novela no es un planteamiento ideológico ni feminista. Las mujeres que opinan aquí lo hacen muy convincentemente desde el punto de vista de su actuación humana, no desde su perspectiva política, aunque es claro que están de parte de Madero y luego de Carranza, quieren a Ángeles y desconfían de Villa. Leonor, por ejemplo, tiene evidentes intereses políticos y por ello es juzgada con cierta dureza por Jenny, pero ésta asume sus opiniones sólo como eso, no como condena. Leonor no está de acuerdo con Villa, pero no lo insulta. Ramiro es parte del enemigo, pero no es tratado con desprecio. El tratamiento de Lavín, en el terreno ideológico, es de una agradecida tolerancia.
No hay sentencias políticas en contra de Carranza, pero sí juicios sobre su persona, sus lentes azules, su viudez que sólo duró un año, sus aventuras extramaritales. Hay las escenas de Pablo González buscando una bacinica para orinar, sintiendo una erección, en pleno combate sexual; hay el coqueteo que no pasa de allí entre Leonor y Felipe Ángeles, y el triple amor imposible entre Jenny y Ramiro, Eustasio y Jenny. Importa la humanidad, no las ideologías (p. 117): “Sabía que habían matado a Madero y que esta revuelta en la que Leonor y todas las muchachas estábamos metidas era por esa muerte. Pero no entendía muy bien de generales y traiciones. Lo que quería, sobre todo ahora que conocía a Ramiro, era comprender si había un lado equivocado. Y quién de los dos estaba equivocado”.
En una novela sobre mujeres, escrita por una mujer (Jovita Idar, una de las amigas reales de Leonor, y personaje en la novela, en 1911 crea la Liga Feminista), podría esperarse la aburrida cantaleta sobre los hombres y no, no son los monstruos culpables de todos los males femeninos, sino también, uf, seres humanos. Para decirlo en pocas palabras, Las rebeldes no es una novela tortuosa, estridente, agresiva, sino, como ya apunté antes, sutil e inteligente.La inteligencia narrativa de Lavín está en la administración de datos, que son muchos (aparecen de pronto como si no fueran importantes, como se deslizan en una conversación), que puestos siempre que convengan hacen que la historia fluya sin estorbos, sin piedras en el camino.
Y la sutileza está incluso en la descripción e interpretación de una mirada (Ramiro viendo a Jenny), una inclinación de cabeza (el saludo de Madero), la forma en que Leonor posa ante la cámara de Eustasio. Dios y el Diablo, dicen, están en los detalles y en esta novela de bordado fino, de atención a las arrugas en el mantel, de acomodo pensado, de puesta en escena que no olvida poner ningún dispositivo mínimo. Esto hace que no se noten las articulaciones, la unión entre la invención y el documento, la novela y la Historia.
Es sutil, vuelvo a ello, que sea Alberto Narro el que, al principio de la historia, detone la huida de Jenny de la casa paterna y que, al final, muchos años después, sirva tal vez como el lector de la misma. Ese personaje—como el Horacio de Hamlet que ve inmóvil todo lo que pasa con el príncipe y está cuando muere para contar su vida—, es, me parece, una metáfora del lector, de mí cuando leía, de los demás cuando se hallen en esas últimas líneas de una novela, de cuidada escritura y acertada fabulación, que nos deja la sensación no de un cuadro histórico, sino de un pedazo de vida.
* Texto leído en la presentación de Las rebeldes, de Mónica Lavín, en el Centro Cultural “Jaime Sabines”, el 15 de noviembre de 2011, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, dentro del Quinto Festival Internacional de Letras Jaime Sabines.

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