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viernes 9 de diciembre de 2011

CARTAS Y CONCIERTOS




Por Héctor Cortés Mandujano



Ya he dicho antes que compro la revista Textofilia, revista de literatura y arte, cada vez que me la encuentro. No siempre la leo de inmediato. El número 10, invierno 2007, la dedicaron a la escritura de cartas (ese género que, desde las computadoras, casi ha desaparecido).


Una carta del poeta y dramaturgo cubano Virgilio Piñera al polaco Witold Gombrowicz, habla de su capacidad de invención (pp. 44-45): “En la clase de griego pasé siempre como el alumno más inteligente en esa materia. ¡Qué astucia, qué majestuoso simulamiento para engañar la ciencia del profesor! Con dos o tres lugares comunes dentro de la gramática griega yo confundía, trastornaba, desesperaba al profesor, le hacía vacilar en sus convicciones, me tomaba como hombre de penetración maravillosa. […] Yo a lo profundo nada sé de la música de Bach. Pero mi abocpochadocara viene en mi ayuda y heme diciendo algo sobre Bach, tan oscuro y al propio tiempo tan claro, que todo el mundo me felicita”.


Lean esto tan terrible que le escribe Gilberto Owen a Clementina Otero, a quien antes dice “me he de casar con usted aunque me espine la mano” (P. 58): “Clementina: La odio y no me importa que a usted no le importe. Mi odio es gratuito y absoluto… […] Y no necesito ya nada de usted que ser usted el objeto, la cosa, el blanco negro de mi odio. Y este odio me salva y me llena y me basta y sólo sería mayor mi alegría si la supiera a usted más miserable que yo mismo”.


Dice Gustave Flaubert a LouiseColet (p. 62): “Jamás he visto un niño sin pensar que se convertiría en un anciano, ni una cuna sin imaginar una sepultura. Contemplar una mujer desnuda me hace imaginar su esqueleto”.


Allen Ginsberg, poeta beat, escribe desesperado a Neal Cassady, el hombre a quien ama (p. 66): “El verdadero amante no ha de mantener ninguna dignidad” y para demostrar su aserto le dice (p. 69): “Y es mi odio hacia ti lo que me empuja al miedo de mi oscuro y desconocido poder para suplicar y arrodillarme, para chupártela y apartarme insatisfecho cuando tú estás saciado”.



***


La vida es, siempre, la mejor biblioteca


Marco Antonio de la Parra



Leí la compilación de artículos que con el poco creativo título Cartas a un joven dramaturgo (Coneculta-El Milagro-Ediciones La Rana, 2007) escribió el lúcido, apasionado, sincero y gran conocedor de su materia Marco Antonio de la Parra. Dice de sí mismo este chileno (p. 27): “Tengo algo más de cuarenta años, esa edad intermedia entre ser una promesa y ser un clásico, o sea cuando uno ya no le importa mucho a nadie”.


Dice que (p. 30) “el teatro es siempre frágil, se muere en nuestras manos a veces mientras lo estamos haciendo”; en cambio la industria es capaz de mezclar toda la gente, todas la ideologías, todas las corrientes sin ningún problema, en un videogame relampagueante (p. 31): “Madonna + Michael Jackson + Peter Gabriel + Gun& Roses interpretando a Shakespeare (un medley, por supuesto) en versión de David Mamet (le pagaron un pastón) con música de Elvis Costello por el Cuarteto Brodsky en un escenario de Nigeria transmitido a todo el mundo por la MTV, a beneficio de Greenpeace, inaugurado por una Cumbre de Presidentes de Iberoamérica que jugaron previamente un partido de futbol contra el sida, auspiciado por Benetton”.



Aconseja a los jóvenes dramaturgos (p. 100): “No ceder a los cantos de sirena del primer éxito aliviador pero confuso o del fracaso duro pero didáctico. Ambos se equivocan”.



Sabe lo que dice (. 106): “No es posible un escritor que no lea, un dramaturgo que no escuche canciones, no recite poemas, no escarbe entre novelas, no estudie la respiración del hablante.


“Sin embargo los hay.”


Hay largos párrafos aleccionadores, que es una lástima no citar, pero los hay breves que también enseñan (p. 149): “En la mente del creador se es padre y madre de la obra. Se es penetrante y penetrado, pasivo y activo, fecundo y fecundado”.


Gastón Baquero, reconocido poeta cubano, en una entrevista dijo que la dramaturgia es el más difícil de los géneros literarios. De la Parra dice que (p. 177) “la dramaturgia debe ser declarada imposible de enseñar. Debe ser considerada un don, un talento en el sentido bíblico, una condena”.


Tres últimas. P. 207: “Cuando comenzaba quería escribir mucho. Hoy quiero escribir mejor”. P. 247: “La envidia, el gran detector del talento. […] Cuando has leído mucho, es decir, has escrito mucho, es difícil no citar. Lo prefiero a citarme a mí mismo”.



***


Con mi mujer salimos a desayunar en San Cristóbal; estamos en mitad del andador decidiendo a qué restaurante entramos cuando viene hacia nosotros un amigo al que reconozco sólo cuando dice mi nombre. Es Wlbester Alemán y me señala a un grupo de comensales de quien me dice son escritores de Palenque. Los saludo con una inclinación de cabeza. Que leerán, en bola, a cierta hora de ese día, me cuenta, y me regala sin más y muy amablemente el libro que ese colectivo acaba de publicar: Pushcagua, tomo II (Pushcagua Editores, 2011), que significa, en palencano, envoltorio.


Mi mujer se va al mercado y, en una banca del andador, mientras la espero, abro el ejemplar sin grandes expectativas. Me hace sonreír la página legal: “Permitida la reproducción de esta obra por cualquier medio, sin autorización de los editores, con tal de que la lean”.


El volumen tiene varios textos, no todos afortunados, pero el que me encantó se llama “Anatomía” y como crédito dice, lo que denota su condición oral (p. 60), “contado por Agustín Román Álvarez Bolívar”.


La breve historia es el relato de una señora que cuenta sobre un dolor que le camina por el cuerpo. Al amanecer le remolinea por “la mollera” y luego, dice, “pao, ya se me bajó al tablón de la frente, corriéndoseme al palo de la nariz; después “le brincotea por el güegüecho […] pero del gaznate me baja directito a la boca del estómago por la manguera del tragadero […] de ahí me salta a la marimba de las costillas y no amaina, al contrario, va arreciando, hasta que se me desbalaga al mariposón”.


No puede levantarse en todo el día (p. 61), porque, sigue contando, “se me escurre a las canillas […] el malvado dolor me recorre toda la anatomía y no me deja hacer nadita, pero nadita la verdad, hasta que ya pardea la tarde que comienza a sosegarse y entrando la noche como que con la fresca me entra al cuerpo un remanso que gracias a dios me deja dormir toda la santa noche”.



***


He ido en últimas fechas a algunos conciertos. En dos de ellos disfruté mucho. El primero fue la presentación en vivo del disco Lazos de viento que el gran y celebérrimo flautista mexicano Horacio Franco, en un acto de humildad que paradójicamente lo engrandece, grabó con músicos chiapanecos (zoques y mames) de marimba, violín, tambor y chirimías: Luis Hernández, Ubaldino Villatoro y Cirilo Meza.


Lo primero que llamó mi atención cuando llegué es que había cola para entrar, pese a que el acto no necesariamente tuvo una difusión profusa. Franco es un músico internacional, respetado por su conocimiento de los clásicos, con una imagen rara para los ámbitos en que se mueve: cuerpo musculoso, súper trabajado, que no se resfría en enseñar, como lo hizo en el CUID de la Unicach, donde fue la presentación, con una camisa abierta que muestra sus pectorales y un pantalón entallado que lo delinea por completo.


El concierto fue una clase de improvisación, porque sobre la base de la pieza clásica que interpretaba Franco, sus acompañantes hacían aportes. Fue un privilegio ver y oír algo de tanta calidad, tan divertido, con tanto buen humor. El disco es una delicia y fue editado por Puertarbor, producciones culturales, que codirigen Aurora Oliva y Fernando Híjar.


Pese a lo mucho que podría comentarse de una presentación tan extraña, por la conjunción de talentos de distinta edad (desde un adolescente hasta un viejecito) y diversa formación, una amiga me tomó del brazo para hacerme más bien una pregunta que nada tenía que ver con la música y sí con la construcción corpórea del flautista:


¿Tú crees que sus nalgas tan grandes sean de verdad?


Converso con Fernando Híjar y él me cuenta que con Puertarbor grabaron también un disco que ya he comprado y que me parece una extrañeza genial:Zaratustra, de Alejandro Jodorowsky, que contiene la música que se hizo dentro de la puesta en escena y diálogos con el elenco original. Muchos de estos diálogos me los sé de memoria y me emociona oírlos con Carlos Ancira, Héctor Bonilla, Isela Vega y, entre otros, el propio Jodorowsky.



Desde que te perdí…


se están enamorando todas de mí.


KJ



El otro concierto fue el del encantador Kevin Johansen. Mi mujer, que lo había oído distraídamente, se convirtió en su admiradora después de verlo, acompañado por su banda The Nada (el baterista, por cierto, debe andar por los 70 años), que es magnífica, de sonido poderoso.


Kevin es entretenido: baila, toca varios instrumentos, tiene fluidez y creatividad en su discurso entre canción y canción,una sonrisa a flor de labios y un gusto evidente por estar en el escenario; pese a que es argentino, su sencillez es apabullante y, aunque es obvio que tiene canciones muy trabajadas, parece no tomarse en serio.



Cantó todas mis favoritas (estuvo dos horas ante un público que coreaba hasta sus temas en inglés, lo que lo asombró) y me hizo querer oír todas las que escuché por primera vez. En dos de ellas juega (“sin respeto no se puede llegar a ser grande”, dice él, creo recordar, que dijo Becket) con dos figuras icónicas de su país: El Che (“Mc Guevara´so Che Donald”) y Atahualpa Yupanqui, a quien cambió el apellido, y el ritmo, en “Atahualpa, youfunky!”





Contactos: hectorcortesm@hotmail.com





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