Por Héctor Cortés Mandujano
I. Portada
Hay gente que no vino hoy y no sabe de este libro, de este objeto de palabras grandes, de esta serie de letras negras y rojas, que empieza, en la parte superior, con una roja E mayúscula a la que siguen las demás negras que completan un nombre y un apellido: Efraín Bartolomé.
Es este un libro alto, con un fondo blanco (del color con que siempre viste el poeta, del color de los días felices) y un irregular círculo negro,al centro, donde no pueden contenerse las palabras que dicen Cantando el triunfo de las cosas terrestres.
El triunfoen rojo.
Hay sobre el lado derecho una mancha escarlata, como si fuera la huella de una especie aún no descubierta, que quizás nos hallemos dentro de estas hojas rojas, blancas, negras.
Sobre el lado izquierdo el código de barras, los logos de la Universidad de Ciencia y Tecnología Descartes y de Juan Pablos Editores.
Únicamente.
La tinta negra y roja que tanto se combina en la portada son los colores con que usualmente firma ejemplares, recados y cartas Efraín Bartolomé. Puede verse como un consumado producto de buen gusto y dedicada pasión editora, como una puerta de entrada y de salida a la selva de palabras donde tal vez oigamos gorjeos, zureos, gruñidos y sobre ellos una voz que nombra de nuevo el mundo.
Si abrimos la portada, cubierta con un forro transparente que evita su maltrato, nos hallamos ante una página rojísima. Si avanzamos, antes de llegar al primer texto debemos leer la Advertencia (p. 13): “La estancia en uno de los últimos territorios sagrados del planeta, los inesperados regalos del generoso azar, la conmovedora belleza del entorno y sus criaturas, así como el desasosiego generado por la conciencia de su fragilidad, generaron la obra que el lector tiene en sus manos”.
Este ejemplar que canta con todos los colores (ya veremos después cómo se despliega el abanico y surge el verde, el azul, el amarillo, todos los matices) es por lo menos dos libros: el primero es de prosa, con cinco breves capítulos, que termina donde empieza el otro.
Hay que cerrar en el primer final y dar la vuelta al volumen para encontrarnos de nuevo con la portada, como si fuera un nuevo recorrido, otro libro, ahora de versos, con siete apartados.
Los libros que fingen ser uno tienen dos portadas gemelas, como si fueran dos alas: son dos sendas distintas, pero semejantes, para llegar al Triunfo.
Este es un libro doble para que nuestros ojos caminen, corran, vuelen; un duplicado universo de palabras donde hay que descansar a veces, tomar agua, respirar profundo, abrir los ojos para ver, cerrar los ojos para soñar.
Este libro es una caminata en el monte para llegar al lugar “donde anida el milagro”.
Este es un libro alto.
Alto.
Hay que empezar a leer.
II.Prosa
Mi vista comienza a caminar por estas páginas, como si fueran el camino de niebla que el poeta caminó.
Voy con su guía al Triunfo (p. 19): “Ahí habita la enrojecida ráfaga esmeralda del más soberbio de los trogonídeos”, el quetzal; me asombro ante lo que él ve, que yo también veo (p. 20): “El unicornio existe y yo lo vi. Es negro. Tiene el pico amarillo. Y es ave y no es caballo y tiene un punto blanco en la pupila y tiene un cuerno rojo”.
Él ve algo milagroso y lo comparte conmigo. Estoy a su lado cuando observa con cuidado y deleite (p. 20) “una paloma celeste de belleza imposible” y anota (p. 21): “Quien la vea en estos tiempos puede estarla mirando por vez última”.
Se ha detenido el reloj en la página 25. Serán las seis y diez de la mañana siempre que pongamos nuestros ojos allí: “Aún está oscuro y el azuloso cielo recorta las siluetas de árboles y palmeras en las lomas cercanas”.
La crónica puntual nos lleva “hacia el hondo sueño”. Pero hay que sentir antes el polvo, ver las piedras, mirar cómo en las aguas lavan y juegan, notar el cambio en la vegetación y anotarlo todo, hasta esa (p. 30) “pequeña nube de moscos que ha venido a saludarnos con un zumbido canallesco”.
Ya caminamos y, pese al esfuerzo, Efraín nos sigue poniendo ante los ojos aquella flor, este árbol, el breve colibrí que liba dulzuras. P. 33: “Todo es agotador y maravilloso”.
Ya en “La fiesta” (p. 36) “vamos bajo la lluvia de los trinos […] una sonora lluvia que no moja: una lluvia sonora que ilumina por dentro”.
Va, van, vamos al encuentro del quetzal; él lo ve, lo veo, lo vemos (p. 40): “las crespas plumas sobre su cabeza, el rojo luminoso de su pecho, el plumaje magnífico destellando una rara combinación de esplendor metálico y sedoso”.
Es su cola “un largo metro de la generosidad de Dios”.
Decidí iniciar este libro doble con la prosa.
Y he llegado al final donde el poeta ha cerrado los ojos y sabe que ya todo aquello que vio se ha ido convirtiendo en versos.
Su alma ya es un manantial de cantos.
Estoy listo para el otro festín, el otro triunfo.
Con sus palabras he sentido, también, así sea transitivamente, cómo me ha tocado el milagro.
Cierro un libro y le doy vuelta.
Veo de nuevo la portada.
Entro en este nuevo camino con la emoción ya viva, el ojo dispuesto, el alma expectante.
III. Versos
La canción era, antes de la profusa difusión comercial de esta época, una forma poética. No se le agregaba música. Los versos ya lo eran.
Esa canción es la que canta Efraín.
Hay, lamentablemente, en el final del recorrido, algún amago de sombra. Pero Efraín en estas páginas, casi siempre, está cantando el triunfo de las cosas terrestres.
Y es feliz por eso: sus versos vuelan, silban, llueven, huelen a flor, se posan en lo alto de la montaña y después se sumen en la tierra para ascender abrazados al árbol mayor e iluminarse, iluminar.
Su palabra es gozo, árbol y luz; alegría, nube y lluvia; felicidad, quetzal y sol.
Este libro parece escrito con los ojos abiertos de asombro ante la magia pródiga de la naturaleza, con una bendición total en las manos que dibujaron cada letra.
Su canto es feliz por todas las milagrosas visiones que le regaló el azar y que luego se convirtieron en estas líneas que, plantadas en las páginas, vemos nacer desde la primera letra y crecer y subir buscando el sol de la palabra justa, aquella que pueda poner ante nuestros ojos lo que el poeta vio, sintió, estuvo dentro y salió de “la oscura almeja de su corazón”.
Apenas ponemos el pie de la pupila en los primeros versos y ya estamos (p. 21) “En lo alto/ Bajo el ala del cielo/ Al alcance de la mano de Dios” y desde allí oímos (p. 23) “ese canto desbordándose/ desde cien mil laringes que trituran el cristal de la música/ en lujurioso concierto de zampoñas y pífanos/ y flautas y ocarinas y prístinas siringas incendiarias”.
Aquí la tierra es también un animal que se arrastra y brinca (p. 29): “Hacia el oriente la montaña repta/ :se mueve lentamente como una gran culebra/ Hacia el poniente salta/ como un jaguar con hambre”.
P. 34: “Aquí vive la Vida: ésta es su casa.”
Hay tres páginas de lluvia donde se oye cómo (p. 35) “vienen cien nubarrones colosales” y “caen espesos goterones densos en ráfagas sombrías que golpean las anchas hojas”.
Podemos oír esa “lluvia infinita, espesa”, esa (p. 36) “lluvia toro rompiendo su corral” y esas páginas se vuelven el aguacero que se nos viene encima y luego el río torvo que puede ahogarnos. Las palabras de Efraín son gotas que no nos dejan casi leer porque caen poderosas en los versos que hacen remolinos y caudales violentos y río sin más cauces que los que este hombre traza con su lenguaje eficaz, líquido, inspirado, con rimas ocultas y con rimas precisas y preciosas, capaces de hacer que la lluvia milagrosa que cae en el papel no destruya el libro…
Y luego están las tres hierofanías, esas manifestaciones de lo sagrado: aparece el quetzal, el pavón dicta un soneto, versos alegres dan cuenta de la “asamblea de tangaras”. Esa felicidad total del hombre viendo la maravilla y contándola, haciéndola sentir (p. 51): “Nunca el azul pudo ser más celeste/ ni más terrestre la nube”.
Dice en “Soñar con árboles” (p. 59): “Me queda claro que hablé con Dios/ en sueños…” Yo leo sus versos y también a mí me queda claro.
Hace años Efraín publicó un Animamundi (1991, 2003), que ya no es: tendrá que incluir al ocelote de aquí y al puma, y a las mariposas y al guardabarranco, y a la nauyaca verde y a la salamandra…
Hubiera preferido que no estuvieran las hojas que hablan de lo que vendrá “Después de la lluvia” si los hombres siguen matando y destruyendo. Pero en este libro de prodigios también, ni modo, cabe la realidad letal de los humanos que acaban con todo. Es sólo un trago de hiel ante tantos sorbos de maravilla. El sabor amargo del final no quita la dulzura que nos queda del camino.
En este libro Efraín Bartolomé sabe que su corazón es un “pájaro rojo”, con “hambre de cielo”, que canta (y muevo un poco los versos de Paz) con todo el corazón en la garganta.
* Texto leído por el autor en la presentación del libro Cantando el triunfo de las cosas terrestres, de Efraín Bartolomé, el 25 de noviembre de 2011, en el Foro Descartes, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com
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