

Por Héctor Cortés Mandujano
Una vida mejor (A BetterLife, 2011) es una película filmada en EUA y dirigida por un estadounidense, Chris Weitz, aunque su reparto sea casi exclusivamente mexicano. El estelar lo desarrolla a la perfección, inspirado, magistral, Demián Bichir. Tan es así que Weitz ha iniciado una campaña para que el histrión sea nominado al Oscar por este trabajo.
Bichir declaró que tomó ese rol porque estaba a la altura de Hamlet, de Shakespeare. No hay posibilidad de comparación, entre la cinta y la obra de teatro, porque las circunstancias y las historias son muy distintas. A la que sí se parece mucho es a la clásica Ladrón de bicicletas (Ladri di Biciclette, 1948), dirigida por Vittorio de Sica.
Son muy similares las historias en la relación un tanto conflictiva entre el padre y el hijo (niño en la De Sica, adolescente en la de Weitz) y, de manera muy obvia, en que en ambas la tragedia se detona con un robo al protagonista de su instrumento de trabajo, que tanto le ha costado conseguir (una bicicleta en la italiana, una camioneta en la cinta de Weitz). Hasta el final tiene la misma solución en el amor padre-hijo, la misma desesperanza. Una vida mejor, creo, no tiene que ver con Hamlet, pero podría pasar por una adaptación de Ladrón de bicicletas. Lo que no está nada mal.
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Café cortado (Plaza &Janés, 2001), de Mónica Lavín, es una novela que trascurre en la costa de Chiapas, en las fincas cafetaleras. La trama la deriva Mónica de una serie de historias familiares (más su imaginación, claro) y por eso en sus agradecimientos concluye con una frase que siempre hay que decir cuando se tocan literariamente terrenos íntimos: “Que me perdonen los muertos”.
El libro vale mucho la pena. Es contado por un hombre y la autora logra muy bien el registro de violencia verbal y física que tan consustancial es a nuestro género. Nomás apunto esta variación que compara los genitales masculinos con un arma y los femeninos con una fruta.
Un hombre cree que algún día podrá poseer a una mujer que desea, que algún día la tendrá (p. 195) “ensartada en él como una papaya en la punta de un machete”.
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En la novela breve Dios también resuelve crucigramas (Impresos Molinari Hermanos, 2005), de Alejandro Molinari, admirador confeso de Julio Cortázar, hay un tributo muy claro al cuento “Las babas del diablo”, que plantea, en una de sus aristas, la posibilidad de entrar en una foto para resolver entuertos. Si en esa ficción del célebre narrador argentino se dice que en el aire no se sabe si escurren los hilos de la virgen o las babas del diablo, Molinari escribe que la foto viva sobre la que intervendrán el protagonista y su chava, Verónica, tiene “algo” (p. 73): “No sé si es una huella de Dios o una pezuña del diablo”.
Las vicisitudes de este hombre que encuentra el amor y ayuda al niño de la foto se centran en la búsqueda de Dios. Y en eso ayuda encontrar nuestra palabra, una que sólo es nuestra. Piensa sobre su papá, ya muerto (p. 81): “Siempre me preguntaré si logró encontrar su palabra. Nunca lo sabré. Yo tuve la suerte de encontrar mi palabra desde niño”.
Pero, al margen de la suya, anotaba y guardaba aquellas que lo impresionaban. En la cantina de Barra Oxidada, donde trabaja, escucha una de un bebedor (p. 30): “¡Me cago en la verga! Estas cervezas están como chascas: ¡todas tibias!” y piensa que chascas (p. 31) “era un latigazo”.
Este interés por las palabras (frecuente en Alejandro, normal en un escritor), ha generado varias historias que cuando leo Dios también… recuerdo. Las dos que me llegan de inmediato a la memoria son El orden alfabético (Alfagura, 1998), de Juan José Millás y La tienda de las palabras (SEP-Siruela-Colofón, 2004), de Jesús Marchamalo.
En la ficción de Millás, los libros y toda página donde haya algo escrito (incluye nombres de calles, señales de tránsito, etcétera) se van volando y no hay forma de detenerlos. El mundo se vuelve un caos.Algunos libros se cansan de volar y caen, mueren (p. 54): “No era raro encontrar cadáveres de libros en el suelo: aparecían arrugados, como un cartón húmedo, y si hurgabas entre sus hojas con un palo, en busca de alguna palabra que todavía no se hubiera desecho, se convertían en un montón de polvo fétido”.
Después van desapareciendo las letras (se dice lugá, por ejemplo, cuando ya no existe la r) y después las palabras (nadie recuerda la palabra mesa). El protagonista decide meterse a un libro y allí encuentra que varios más lo han hecho. Allí esperan que alguien, en algún momento, abra el volumen, lea y el mundo vuelva a nacer.
La tienda de las palabras es una muestra de los muchos juegos que se pueden hacer con creatividad y conocimiento del idioma. El protagonista encuentra en su buzón la palabra “Murgiflar”, su definición (p. 21): “Dícese del sonido gutural que produce el monstruo rantas cuando se enfrenta a alguna situación de peligro”, y una invitación: “Recibirá un obsequio con la presentación de este folleto”.
Así conoce el local de compra-venta de palabras usadas, antiguas, curiosas, y conoce a Matías, el dueño de la tienda. El libro de Marchamalo es una delicia de juegos verbales. Hay oraciones capicúas, que se leen al derecho y al revés, con mucho sentido como ésta (p. 31): “Adán no cede con Eva y Yavé no cede con nada”; oraciones donde están todas las palabras del alfabeto, como en este telegrama (p. 195): “David caña exige plazo fijo. Embarque hoy truchas New York”. Y muchos juegos más.
Aunque la trama se cae al final, este es uno de los libros que nos pueden poner alegres.
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Te ofrezco mi culo grotesco lleno de flores
Francisco Barrios, el Mastuerzo,
“El rinoceronte de reversa”
No me acuerdo cuándo vi El último tango en París (1972, dirigida por Bernardo Bertolucci), pero aún recuerdo claramente algunas escenas del enorme Marlon Brando y la debutante Maria Schneider; tampoco me acuerdo cuándo y dónde compré el raro ejemplar (Grijalvo, 1973) que escribió Robert Alley, a partir de la película. Es raro, digo, porque regularmente es una novela la que da origen a una cinta. Aquí es al revés.
Paul, cuarentón, recién viudo, y Jeanne, 18 años, con novio formal, se encuentran por azar en un departamento en el que se vuelven amantes. El pacto es nada saber de lo que pasa con ellos afuera. La exploración de los cuerpos incluye (barra de mantequilla como ayuda) una penetración anal a Jeanne, pero hay un equívoco muy bien llevado cuando ella, después, en una visita le dice a Paul que encontró a un hombre maravilloso. Él se enfurece (p. 99): “Con tu sonrisa construirá un lugar en el que se pueda sentir lo suficientemente cómodo y poder hincarse ante el altar de su propio falo".
Él ya ha echado espuma por la boca cuando ella lo derrumba con su confesión (p. 99): “Pero ya lo he encontrado —dijo Jeanne y su voz era insegura—. Eres tú. ¡Tú eres ese hombre!”
Entonces viene la famosa escena donde él le pide que se corte las uñas de dos dedos (índice y medio) y se los meta por el ano. Varias interpretaciones: soy tuyo por completo; humíllame, por no haberme dado cuenta; no sólo los hombres podemos penetrar. Etcétera.
Mi ejemplar tiene como epílogo el texto “Tránsito al narcisismo”, del gran Norman Mailer (su novela reportaje La canción de verdugo es una verdadera joya), que hace varios apuntes interesantes sobre los actores (especialmente de Brando, claro) y la película (p. 132): “Un lector de rostros podría llegar por sí mismo a la conclusión de que existe alguna conexión social entre el sexo, la mierda, el poder, la violencia y el dinero”.
La fornicación aquí es simulada, al contrario de las cintas porno donde vemos casi sólo un falo que sale y entra de la vagina, la boca o el ano; en estas cintas, dice Mailer (p. 134): “los órganos sexuales muestran más carácter que los rostros de los actores […] En el porno, hay falos cuyas venas distendidas hablan de la integridad de un corazón trabajador, pero en los rostros hay muy poco contenido específico”. Al contrario de Brando, apunta, cuya expresión cuando está vestido es capaz de anular el desnudo de Schneider.
Brando (p. 138) “una y otra vez dice en esta película que sólo es posible llegar al amor levantándose de la propia mierda”.
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J. G. Ballard en Confesiones de escritores, narradores 2, Los reportajes de Paris Review (El Ateneo, 1996) declara (p. 12): “Debemos recordar el viejo chiste acerca de la rata de laboratorio que dijo: ‘He conseguido entrenar a este científico… cada vez que empujo esta palanca él me da un poco de comida’ ”.
Contactos: hectorcortesm@otmail.com
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