

Por Luis Daniel Pulido
Se pusieron de moda los libros, están de remate en su efímera estabilidad sentimental. Un candidato a la presidencia –Peña Nieto– unificó criterios, aunque antes de eso, los libros, eran improductivos y no excepciones culturales, políticas y periodísticas como mero pretexto de victorias comunes; igual para los de izquierda, derecha, centro, comisarios morales y mecánicamente para la vida de quienes tampoco han leído un libro.
El síntoma de la lectura de libros se ha vuelto cómodo, embaucador, bandera. Somos, en conjunto, una sociedad “indignada”, entendiendo que la dignidad para los que “leen” es una fiesta visual, autorretratos de una iconografía donde la sangre que corre es un espectro que ni siquiera los roza. Su oficio es pensar y hacer como que luchan (hay los que defienden el medio ambiente, la lechuga romanita, su Universidad, el diario donde trabajan, los gatos de la calle, indígenas que piensan que el Che Guevara y Osama Bin Laden son la misma persona).
Quienes leen, y se supone somos los primeros en exigir, denunciar, demarcar, dramatizar desde las redes sociales cuya particularidad (en Chiapas) es similar a la de subirse a una bicicleta y dar vueltas al parque “revolucionario” y sacarle la lengua a los malos citando novelas históricas, biografías literarias: puntuales en la crónica de la caída y en lo que realmente mueven los hilos de la historia: el chiste, el cartelito ingenioso, el peritaje gramático.
Pero lo que sucedió va más allá de un candidato que no lee, deja al descubierto a una sociedad que forja su historia –aún en el supuesto que lea– en los golpes de pecho. Conozco escritores publicados con la ortografía de un primate, poetas que viven en su nubecita, historiadores escondidos bajo su caparazón de tortuga, correctores de estilo de periodiquitos sostenidos por el gobierno del estado, fotoperiodistas afectos a la miseria de los pueblos, editores de secciones de Cultura (locales, por supuesto) que hacen como que leen o leen, pero que en los sobresaltos de la conciencia persisten los residuos de una revolución de plástico; eso sí con mucha memoria y devoción.
De un día a otro, la Cultura y Educación se restauran a partir de un candidato imbécil. Qué triste. Olvidamos que hay responsabilidades individuales y comunes. Hagámonos cargo de las nuestras y de una vez por todas “acabemos con el mal gobierno”, y para eso se necesitan dos cosas: que nos desintegre una bomba nuclear o la furia de Dios.
Somos, pues, unos bonitos güevones en forma salpicados de salsa e histeria, reducidos a lo obvio y sumidos al arrojo que nos permite el monitor de una computadora, el telepronter coquetón que nos da el título de “valientes”.
Que un político no lea, lo sabemos (y aquí maldita sean los concursos de oratorias), no importa; la literatura en sí es misteriosa, dramática, conflictiva, egoísta (los escritores lo somos) y no funciona como envoltura de “indignados” que “luchan” desde las alianzas más cómodas: el retwitteo, el enter, los correos electrónicos.
Hoy puedo “leer” cientos de formas de explicaciones de cambios sociales, pero estas historias que suponen –hablamos de libros– un lenguaje de puntos claros y profundos se resumen –otra vez– a una mezcla entre documentales de Clío, Otro Rollo y el zapping desde la cama de un domingo por la mañana.
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