

Por Héctor Cortés Mandujano
La culpa de la cara no la tiene el espejo
“Si por el vicio”, de Liliana Felipe
Murió mi querida amiga Lidia, vencida finalmente por el cáncer. El día que la enterraron estaba yo casi terminando de leer Prólogos con un prólogo de prólogos (Emecé, 1999), de Jorge Luis Borges, y mis ojos pasaron por estas líneas que la evocaron (p. 251): “A nadie le está vedado el Paraíso, a nadie le está impuesto el Infierno. Las puertas, por decirlo así, están abiertas. Quienes mueren no saben que están muertos; durante un tiempo indefinido proyectan una imagen ilusoria de su ámbito habitual y de las personas que los rodeaban”. Agrega, para aclarar, en el pie de página: “En Inglaterra, una superstición popular declara que no sabremos que hemos muerto, hasta que comprobemos que el espejo no nos refleja”.
En la siguiente página (252) dice: “Cada día, cada instante de cada día; el hombre labra su perdición eterna o su salvación. Seremos lo que somos”. Mi amiga fue una buena mujer, seguro estará bien donde está. Que así sea.
Prólogos… es una selección de 40 de ellos, escritos por Borges entre 1923 y 1974. No sólo habla del libro que prologa, sino de los temas que toca. Por ejemplo, en el que hizo sobre Crónicas marcianas, de RayBradbury, dice (p. 36) “Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos”. Yo recuerdo aún que cuando leí a Bradbury estuve a punto de llorar con uno de los relatos que, se supone, ocurre en Marte. A Borges le pasó algo así (p. 38): “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de manera tan íntima?”
Cuando habla de Carlyle lo cita (p. 54): “La democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”.
Macedonio Fernández, argentino, fue autor de páginas de extraña literatura y muy admirado por Borges (p. 80): “En el decurso de una vida ya larga he conversado con personas famosas; ninguna me impresionó como él o siquiera de un modo análogo”.
Escribe mucho de este compatriota suyo (p. 84): “Macedonio poseía en grado eminente las artes de la inacción y de la soledad. […] Era capaz de estar solo, sin hacer nada, durante muchas horas”. P. 85: “Había acostumbrado a sus sentidos a no percibir lo desagradable y a demorarse en un agrado cualquiera: el olor del tabaco inglés, de un mate curado o de un volumen —El mundo como voluntad y representación, recuerdo— encuadernado en pasta española”.
Sigue (p. 86): “Escribir no era una tarea para Macedonio Fernández. Vivía (más que ninguna otra persona que he conocido) para pensar”. P. 87: “No le daba el menor valor a su palabra escrita; al mudarse de alojamiento, no se llevaba los manuscritos de índole metafísica o literaria que se habían acumulado sobre la mesa y que llenaban los cajones y armarios. Mucho se perdió así; acaso irrevocablemente. […] Otra razón de su facilidad era su incorregible menosprecio de las sonoridades verbales y aun de la eufonía. ‘No soy lector de soniditos’, declaró alguna vez, y las ansiedades prosódicas de Lugones o Darío le parecían del todo vanas”.
En fin, que (p. 92) “a Macedonio la literatura le importaba menos que el pensamiento y la publicación menos que la literatura”.
Cita, en el prólogo a una traducción de Kafka, una breve fantasía de éste (p. 168): “El animal arranca la fusta de manos de su dueño y se castiga hasta convertirse en el dueño y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta”.
A Borges le encantaban las historias y los versos populares (hizo antologías de ambos); los que incluye en El matrero, que también prologa, dicen (p. 180):
¡Qué bonito era Macario
en su caballo retinto,
con la pistola en la mano,
peleando con treinta y cinco!
El inicio del primero y el tercer verso completo son iguales a la cuarteta final de un corrido que compuso y cantaba Piporro (“Arnulfo González”) y que José Agustín incluye en su popular novela Ciudades desiertas (Alfaguara, 1995: 69):
¡Qué bonitos son los hombres
que se matan pecho a pecho,
con la pistola en la mano
defendiendo su derecho!
***
Presenté el libro Cantando el triunfo de las cosas terrestres, de Efraín Bartolomé. Frente al pódium para leer mi texto, posé mi vista en las hojas y, terrible sorpresa, vi una línea borrosa donde apenas podía distinguir alguna que otra letra. Acerqué más el rostro (tengo muy buena vista y en la mañana, como siempre, estuve leyendo e incluso releí el que ahora veía como un galimatías frente a mí) y la cosa no cambió mucho. Soy un actor, me dije, y trataré de que nadie note esto, que seguramente pasará en un segundo. No pasó, pese a que leía con seguridad, casi inventando, tratando de adivinar las palabras que eran una bruma de líneas ágatas.
Pensé que era la luz (Voltaire dice en sus Cartas filosóficas que (p. 111) “el papel refleja la luz cuando está seco, la trasmite cunado está aceitado”), que el aire acondicionado algún lío provocaba en mis pupilas, que me estaba dando un ataque de ceguera momentánea, que ya era tiempo de usar lentes, que ya tengo 50 años, que las hilachas…
En la cena posterior, en la que estaba el poeta Juan Domingo Argüelles (quien también fue presentador, y cuyo texto informado, inteligente y divertido fue interrumpido con aplausos del público), conté mi experiencia. Todos se llamaron a sorpresa, porque, me dijeron, nada notaron; Juan Domingo, en cambio, me dijo que algo así le había pasado en algún momento. Descubrió que era producto de las hojas blancas que recibían la luz y la proyectaban con fuerza hacia los ojos. Desde entonces, dijo, uso hojas amarillas, de una tonalidad opaca.
Eso haré en lo sucesivo, evidentemente, en mis lecturas públicas, porque ahora mismo, antes de escribir esto, avancé en tres libros de los cinco que leo al mismo tiempo (Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski; La cultura, todo lo que hay que saber, de DietrichSchawanitz, y Cartas filosóficas, de Voltaire) sin ningún problema.
Me llamó la atención, y lo cuento de paso, que aunque ninguno de los tres habla estrictamente de cuestiones religiosas, todo que leí en los tres el día de hoy tiene a Dios y a la religión como tema central. A veces pienso que esas casualidades algo quieren decirme y no lo entiendo, lo que me hace recordar el fragmento que de mi novela Piedras, polvo: la película compartí con el público hace no mucho en el V Festival Internacional de Letras Jaime Sabines.
El personaje, Humberto, es un alcohólico que monologa consigo mismo en una reunión de AA: “A veces creo ver en el aire trasparente la presencia de Dios e intento decirle algo que pueda servir como inicio de conversación. Pero he perdido la capacidad de hablar y aunque sé que debiera hacer una pregunta a ese ente invisible, de cuya respuesta tal vez depende mi felicidad, no se me ocurre ninguna. Y el aire permanece mudo, atenazándome, cercándome. Una palabra tuya bastará para salvarme.
“[…] He estado fuera del mundo real y he sido mi verdugo, mi torturador; no ha sido necesario hallarme con los canallas que han marcado estos corazones que ahora me acompañan. Salir de este pozo de egoísmo tal vez no me resulte tan difícil. Se pueden ver estrellas desde el lodo.”
***
En la extravagante y lúdica cinta Guía para el viajero intergaláctico (TheHitchhiker´s Guide totheGalaxi, 2004, dirigida por GarthJennings), basada en una no menos anticonvencional “trilogía” de cinco libros de Douglas Adams, el presidente de la galaxia se hizo poner una cabeza más, que tiene que dejar en prenda (se la cortan) para obligarle a cumplir una promesa. Una de los dos únicos terrestres sobrevivientes de la destrucción de la Tierra, creo recordar, le pregunta para qué se puso otra testa, y él le contesta sin dudarlo: “Para sentir más placer”.
Mi amiga Yolanda Gómez Fuentes me regaló su nuevo libro de poemas Cerca del fuego (Coneculta Chiapas, 2011) en el que un par de versos la hacen coincidir con este presidente de ficción. Dice Yoli (p. 21): “El deseo nace en el cerebro/ y, por obviedad, carece de ojos”.
En un poema anterior (p. 17) declara: “Aquí, la desgarrada y anónima hembra que soy, insiste —con una necedad de piedra— en perpetuar la historia de aquella que no se encuentra en el espejo”.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com
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