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martes 3 de enero de 2012

HACERSE HOMBRE




Por Héctor Cortés Mandujano


El derecho del niño es ser un hombre;


lo que hace al hombre es la luz…


Víctor Hugo, en Cosas vistas



En “El arreglo” (teatrouniversal.com), del maravilloso Anton Chéjov, un viejo rememora el día en que su padre lo llevó con una prostituta para que lo volviera hombre: “Con ocasión de cumplir los diecinueve años decidió iniciarme en los misterios del amor. Como también era un hombre económico, decidió acompañarme para regatear y para ver que no se fueran a aprovechar de mi inexperiencia…”


En el recuerdo, el joven ingenuo está deslumbrado con lo que su padre le dice: “Primero se aprende a caminar, luego se aprende a hablar y ahora es tiempo de aprender esto…” Asombroso, piensa el joven: esa mujer en pocos minutos hará en mí algo que yo pensé era muy difícil y sólo se lograba luego de mucho tiempo. Dice al padre: “Es divertido pensar que cuando baje por esas escaleras y salga a la calle… ya no seré más tu pequeño Antosha… Seré Anton, el Hombre”.


El texto tiene la delicia de lo bien hecho, pero tiene, también, la ironía sutil que nos hace ver que la genitalidad no hace que un hombre lo sea. Erección y penetración son parte del ejercicio sexual, no la concreción de la hombría. Volverse hombre es un proceso, no un acto.


Antonella Fagetti, en “El hombre afamado: la construcción social de la masculinidad en San Miguel Acuexcmac, Puebla” (Caminos inciertos de las masculinidades, compilación de Marinella Miano Borruso, INAH, 2003: 289-290), dice que “la masculinidad se construye a lo largo del proceso de socialización, durante la infancia y la juventud, pero se afianza en el desempeño cotidiano del papel genérico, por tanto, no constituye algo establecido sino que se adquiere. El reconocimiento de ‘hombre pleno’ tiene que ser conquistado. […] La real virilidad, por tanto, no es una condición natural, intrínseca al proceso de desarrollo del individuo, sino un estado precario y artificial que los muchachos deben conquistar”.



En “La infancia de un jefe”, texto que cierra su clásico El muro (Editorial Diana, 1953), Jean-Paul Sartre, filósofo padre del existencialismo, cuenta la historia de iniciación sexual del casi niño Luciano. Un hombre mayor, Bergère, le dice (p. 241) “Tienes unas lindas nalguitas” y él, para no parecer nene asustado, le responde “¿Le gustan?”


Sucede lo previsible: el muchacho es sodomizado, penetrado. Él penetra después a Maud, una muchacha, cuya primera entrega no le satisface; le frustra que el sexo sólo sea poseer (p. 281) “una gran flor de carne mojada”. Hacia el final, luego de sus dos experiencias, él imagina que encontrará una muchacha virgen (p. 291-292): “La desposaría, sería su mujer, el más tierno de sus derechos […] el derecho de ser respetado hasta en su carne, obedecido hasta en su lecho”.


Aquí ya no es necesario para volverse hombre más que la proyección futura, la decisión de ser un hombre que domine a una mujer (p. 292): “una hora antes, en ese café había entrado un adolescente gracioso e incierto; el que salía era un hombre, un jefe entre los franceses”. Él cree que con ese pensamiento se ha trasformado, por eso se sorprende cuando al verse reflejado “el espejo no le devolvió más que una carita linda obstinada, que no tenía todavía nada de muy terrible: ‘Me dejaré crecer el bigote’, decidió Luciano”.


Lo del bigote ya no es ahora un tópico masculino, como lo fue (dice la Beatriz de Mucho ruido y pocas nueces, de Shakespeare: “Quien tiene barba es más que un mancebo, y el que carece de ella menos que un hombre”), pero aún sí el hecho de la dominación, de poseer en exclusividad a una mujer, de que no haya en nuestro pasado algún vestigio de homosexualidad, porque los hombres “tenemos el honor en el culo”, como dice sin vueltas Mario Vargas Llosa en La Chunga (Seix Barral, 1986:92).


Y es que, según Joan Vendrell Ferré, en “Violencia sexual y masculinidad: sobre algunas consecuencias intolerables de la dominación masculina” (en Caminos inciertos de las masculinidades, p. 264), “un hombre mexicano, por ejemplo, no deja de ser hombre, ‘macho’, por penetrar a otro, pero el penetrado sí sufre una pérdida radical de su masculinidad al convertirse en sujeto pasivo. El penetrador activo, lo mismo de mujeres que de hombres, sigue siendo el macho y, por tanto, el dominante, mientras que al penetrado pasivo se le despoja de su masculinidad y, por lo mismo, de su capacidad de dominio”.



En el estudio Hacerse hombres cabales. Masculidad entre tojalabales (Unicach-Ciesas, 2010), Martín de la Cruz López Moya dice que (p. 23) “lo que significa hacerse un hombre o una mujer constituye una definición social que varía de una sociedad a otra y se transforma de una a otra época”; por eso es mejor (p. 25) “referirse a distintas masculinidades o a diversas identidades masculinas”, ya que (p. 27) “las identidades genéricas constituyen un producto socialmente construido y no una esencia o un derivado de la supuesta naturaleza de los cuerpos de las personas”.


De cualquier modo, las historias de Chéjov y Sartre no pertenecen aún al espinoso ámbito de la hombría, porque sus protagonistas todavía son niños (uno porque no ha tenido relaciones y el otro porque es menor de edad) y se hallan en el proceso de construir su masculinidad.


Además, dice Lopez Moya (p. 110), “no existe una sola forma práctica de ser hombre, por lo que distintos sujetos sociales tienen ideas distintas de la masculinidad. No todos los hombres se identifican con el discurso de la heterosexualidad, ni todos contraen matrimonio, ni desean ni tienen hijos, ni mandan ni golpean a sus esposas, no todos representan ni mantienen a sus familiares como lo exige el modelo local (se refiere a los tojolabales, pero también, evidentemente, la nota es mía, a muchos otros modelos) dominante de masculinidad”.



Enrique Serna, espléndido narrador mexicano,cuenta en su novela Fruta verde (Editorial Planeta, 2006), con el mínimo disfraz de la ficción,la seducción de un heterosexual mayor de edad (con todas las claves para identificar en él al propio Serna) por un homosexual abierto y asumido, Mauro Llamas, bramaturgo, cuyos datos claros apuntan al dramaturgo chiapaneco Carlos Olmos. Su apodo de batalla, por si quedara dudas, es la Olmeca.


Fruta verde es la historia de un hombre que, luego de una más o menos larga relación con otro hombre, se convierte en padre de familia y vive en pareja con una mujer. Hablar sin tapujos de ese ejercicio sexual que normalmente se oculta, porque pasó en la infancia o la adolescencia o porque se quiere conservar una engañosa imagen social (hay millones de homosexuales de clóset) es, en el caso de Fruta verde, aparte de un logrado ejercicio literario, prueba de honradez, de inteligencia, de un rango que va más allá de la genitalidad.


Es claro que no estoy haciendo una apología de la bisexualidad ni mucho menos, pero me parece que la monolítica visión de la masculinidad, centrada en un pene que sólo penetra vaginas (y vías anales, aunque sean de hombre) y un ano que sólo se usa como camino de evacuación, hace que los señores levanten las cejas ante cualquier cosa que sientan que vulnere la pétrea idea masculina que aprendieron de modelosque quizás no lo sean tanto y piensen que un hombre, en la ortodoxia del término (ano intocado, sexo sólo con mujeres), está por encima, es más valioso o superior que el género femenino, los niños, los bisexuales, los homosexuales femeninos y masculinos, los/las transgénero…


No es justificable, pero no es extraño. Joan Vendrell Ferré dice que, y las negritas son suyas (p. 263), “prácticamente todos fuimos socializados para dominar a las mujeres y un componente esencial de ese dominio lo constituye el ejercicio de la violencia, incluyendo la de género y la sexual”.


Y aunque el hombre necesite a la mujer para la concreción de su sexualidad, ser comparado con ella es un insulto mayúsculo, porque, dice Antonella Fagetti (p. 295), “la virilidad es una noción eminentemente relacional, construida frente y para los otros hombres en oposición a la feminidad, derivada de una suerte de miedo a lo femenino”.


Además, según Anna María Fernández Poncela, en “Proveedores, machos y cornudos: la masculinidad hegemónica” (en Caminos inciertos…, p. 306), “el hombre, para ser cabalmente tal, debe demostrarlo a través de su imagen de macho, según el modelo imperante”. Y el modelo imperante, según lo que aparece en los noticiarios televisivos y el cine de casi todos los países, está constituido por la dominación y la violencia.



Vendrell Ferré dice que para dejar de asociar la violencia sexual con lo masculino, y las negritas son suyas, (p. 282) “debemos dejar de fabricar hombres, debemos abandonar la construcción cultural de eso que llamamos la ‘masculinidad’. Esto implica el desmantelamiento radical del sistema de sexo-género vigente…”


No tiene mérito especial tener erecciones y meter el pene en, exclusivamente, femeninas hendiduras. No nos vuelve superiores a nada, a nadie. Eso lo hacen por instinto la mayoría de los animales. Es evidente que ser hombre no es eso o no es únicamente eso. Para hablar sobre/en/desde el terreno masculino (Debe haber otra forma de ser humano y libre, como dijo Rosario Castellanos sobre las mujeres) deberíamos, como aconseja un personaje en una cinta cuyo título he olvidado, hablar con el pene hacia abajo. Tal vez fuera un buen inicio.


Contactos: hectorcortesm@hotmail.com






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