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martes 24 de enero de 2012

LA CALOR









La calor



Por Héctor Cortés Mandujano



El desprecio (Le Mepris, 1963), de Jean-Luc Godard, es una reflexión de vida a partir de la literatura (la cinta está basada en la novela de Alberto Moravia, del mismo título) y en este caso del cine. ¿Por qué Ulises se fue de Ítaca a la guerra de Troya y tardó 20 años en regresar? Al margen de las presiones que tuvo para ir y de la odisea que vivió para regresar, uno de los personajes de esta cinta (donde, rarezas, actúa de sí mismo el célebre director de cine Fritz Lang) concluye que se fue y tardó en volver porque se llevaba mal con Penélope, su mujer. Lo mismo pasa en la vida marital del guionista, quien debe agregar sexo y otras escenas, por órdenes del productor, a la vieja historia de Homero.


En la cinta, una espléndida Brigite Bardot ama a su esposo, contratado para escribir el guión, y comienza a despreciarlo, de allí el título, porque a él parece no importarle que el productor la intente enamorar. También por eso Penélope dejó de amar a Ulises, dice Fritz, porque no se interesó en evitar que se le acercaran nuevos pretendientes.


Y es curioso, y esto ya lo digo yo, que a su vuelta Ulises sea reconocido por el porquero, por su perro Argos, por su nana, por su hijo Telémaco y que su mujer necesite tenerlo en la cama para saber que ese cuarentón es el veinteañero que se fue. Cuando su hijo le reclama que no reconozca a su padre, Penélope dice (el original se cree fue escrito en el siglo VIII a. C.; mi ejemplar es Homero, Obras, “Odisea”, Edimat Libros, 2000: 581): “Si es verdaderamente Ulises que ha retornado a su morada, solos nos reconoceremos mejor. Tenemos señales que todos ignoran y sólo nosotros podemos reconocer”.


Quiere intervenir Telémaco de nuevo, pero Ulises lo detiene:


“Deja, Telémaco, a tu madre que me pruebe dentro de nuestra recámara, que así quizá me reconozca mejor.”



***



En Hacerse hombres cabales. Masculidad entre tojalabales (Unicach-Ciesas, 2010), Martín de la Cruz López Moya dice que (p. 19) en tojolab’al se llama Jwinkil, literalmente “mi dueño” o “mi persona”, a los genitales masculinos o femeninos. Son los que mandan, parece y, según Penélope, signos de identidad.


En “El hombre afamado: la construcción social de la masculinidad en San Miguel Acuexcomac, Puebla” (Caminos inciertos de las masculinidades, compilación de Marinella Miano Borruso, INAH, 2003: 288), Antonella Fagetti dice que hombres y mujeres estamos “dotados de la energía sexual que impulsa al apareamiento y la procreación, lo que en el pueblo estudiado se denomina la calor”.


[…] “Se dice que el varón posee una ‘alta temperatura’, mientras que la de la mujer es más ‘bajita’ y, por tanto él es también más fuerte y más caliente, mientras que la debilidad y la frialdad caracterizan a la mujer. El varón, entonces, posee una sobredotación de calor corporal y eso explica su apetito sexual mayor y por qué, finalmente, ‘no se aguanta sin mujer’ ”.



Un personaje femenino, Jenny Page, nacida en 1896, de Las rebeldes (Grijalbo, 2011), de Mónica Lavín, recuerda lo que una prima le contó cuando era niña (p. 168): “¿Ustedes saben que a los hombres les crece con lo que hacen pipí? y ante la imagen que cada una nos hacíamos de aquel pedazo del cuerpo, alargándose como manguera, añadió: Y ya que está duro, pican a las mujeres para hacerles hijos”.



***



Leo el nada nuevo, pero poéticamente aleccionador Estuario (Coneculta, 1998), de José Luis Rivas. La palabra es bonita y denomina, lo digo sin consultar diccionario (y en una de ésas me equivoco), el lugar donde se juntan las agua dulces de río con las saladas de mar. De este breve volumen, estas dos poderosas imágenes (p. 23):



“Y el hombre en la mujer injerto amará la mar y la mujer


crucificando al hombre en el tableteo de sus espasmos


habrá abierto entonces su puerta al cielo.”



Y (p. 37):


“Ésta es la casa de las mujeres espiadas a distancia.


Pasean sus tenues prendas de playa en una recámara alumbrada


y el río se lleva a su paso un puñado de entrepierna


hirsuta en cada mano.”



***



Leo los cincos relatos que componen El muro (Editorial Diana, 1953), de Jean-Paul Sartre, y en “La cámara” una mujer dice estar enamorada y cuida de un hombre loco, incapaz de valerse por sí mismo; su padre dice algo que se suele decir o pensar cuando se ve que alguien dedica su vida a un enfermo, a una persona especial, como han solido llamarles (p. 78): “Eso no es verdad. Eso no es verdad: no le amas; no puedes amarlo. Esos sentimientos sólo pueden experimentarse por un ser sano y normal”.


Hay dos textos que tienen un alto componente sexual. En “Eróstrato”, por ejemplo, un hombre, Paul Hilbert (loco también, nomás que violento), reflexiona acerca del sexo con mujeres (p. 106): “Uno se les sube encima, por supuesto, pero ellas nos devoran el bajo vientre con sus grandes bocas peludas y, por lo que he oído decir, son las que salen ganando y con mucho en este cambio”.


En contraparte, Lulú, en “Intimidad”, piensa (p. 134): “Se debería poder amar todo en una persona, el esófago, el hígado y los intestinos”. Le llaman la atención los sexos masculinos debajo de sotanas (p. 136): “una cosa de hombre, cuando está bajo un vestido es delicada, es como una gran flor. Lo que hay es que en realidad nunca se puede tomar eso entre las manos; si solamente pudiera quedarse tranquilo, pero se pone a moverse como un animal, se endurece, me da miedo cuando está duro y totalmente derecho: tiene un aspecto brutal; qué sucio es el amor”.


El sexo no le entusiasma (p. 171): “Dios mío, decir que la vida es esto, es para esto para lo que una se viste y se lava y se pone bonita y se escriben todas las novelas y se piensa todo el tiempo y he aquí lo que es finalmente; una se mete en una habitación con un tipo que medio la ahoga y finalmente le moja el vientre”.


En “La infancia de un jefe”, que cierra el volumen, Bergère, pederasta que busca seducir al adolescente protagonista, reflexiona (p. 229): “Creer que hay objetos específicos del deseo sexual y que estos objetos son las mujeres, porque tienen un agüero entre las piernas, es el odioso y voluntario error de los ‘sentados’. […] Lo primero que hay que hacer es persuadirse de que todo puede ser objeto del deseo sexual, una máquina de coser, una probeta, un caballo o un zapato”.



***



Borges, no literalmente, en una de sus certezas que comparto, decía que hay disposiciones distintas ante lo que se lee. No puede leerse un ensayo como si fuera cuento ni un poema como se lee una novela. No se lee a Shakespeare como se lee un cómic, aunque en ambos puedan encontrarse revelaciones importantes.


Digo esto porque fui a ver la comedia Jack and Jill (2011, dirigida por Dennis Dogan, con Adam Sandler y el mexicano Eugenio Derbez, entre otros), destrozada por la crítica, donde aparece en un rarísimo y divertido papel (han dicho que es lo más divertido de la cinta) Al Pacino, parodiándose a sí mismo. Entre otras cosas, canta la famosa canción del musical del Quijote, un papel que le han ofrecido y había rechazado hasta antes de hallar el amor en Jill.


A lo que voy. Ítalo Calvino en su célebre Seis propuestas para el próximo milenio dice que el mejor ejemplo de levedad literaria (componente básico que hace perdurar lo literario) es la escena donde el Quijote confunde los molinos de viento con gigantes, los ataca y es tomado por una de las aspas que lo envían de nuevo al suelo. Es muy breve y muy poderosa.


Esta imagen, que se ha vuelto prototípica, está escrita en el primer tomo, voluminoso como el segundo, en menos de cinco líneas (el original se publicó en 1605; mi ejemplar es Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes, Ediciones Folio, 1999: 68): “Arremetió a todo galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo”.Sólo eso fue necesario para que durante siglos los molinos y don Quijote sean ya una sola imagen.


En la película hay una brevísima secuencia en un restaurante, hasta donde llega Pacino, disfrazado de Quijote, a defender a su dama. Llega tarde y cuando ésta sale, él ve el ventilador de techo y lo amenaza con su adarga. “Es un monstruo”, dice enfebrecido.


Jack, su presunto cuñado, le dice al pasar: “Es sólo un ventilador”; la cámara ya se mueve y abandona a Pacino cuando éste repite: “Es un monstruo”.


La levedad de Cervantes sigue viva.



Contactos: hectorcortesm@hotmail.com







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