


Por Héctor Cortés Mandujano
Hace tiempo leí compulsivamente un libro tras otro de Truman Capote: Otras voces, otros ámbitos;Desayuno en Tiffany’s;A sangre fría; Música para camaleones… e incluso su gordísimo volumen de cartas Un placer fugaz, que es una deliciosa cadena de chismes sobre importantes nombres de la literatura con los que Truman convivió.
Este hombre de Nueva Orleans (1924-1984) se volvió una celebridad con la invención de lo que llamó la novela de no ficción (A sangre fría es un reportaje puntual, nomás que está recargado en el lenguaje artístico de un novelista súper dotado) y declaró algo que nadie puede discutir. Dijo de sí mismo, y lo cito de memoria: “Soy alcohólico, soy homosexual, soy cocainómano y soy un genio”.
Algunos libros se me pasaron de largo. Uno de ellos es El arpa de hierba (Anagrama, 1991), que publicó originalmente en 1945. Es una historia un poco extraña para los temas que regularmente manejaba Capote (un grupo de seres humanos que decide vivir en un árbol). Para variar, como todo lo de este artista, me encantó. Su poético título lo explica la tía Dolly, en el bosque, al narrador (p. 10): “¿Lo oyes? Es el arpa de hierba, que siempre nos cuenta algo nuevo… Lo sabe todo de la gente de la colina, de los que vivieron antes aquí. Y cuando nosotros estemos muertos, también contará nuestra historia”.
Redondea la idea un poco después (p. 38): “Pero el viento somos nosotros… reúne y recuerda todas nuestra voces y después las envía charlando y contando sus cosas entre las hojas y los campos”.
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Sin amor —a todo, a todos, a cada rayo de luz—, la vida pasa como un destello.
Jessica Chastain, en El árbol de la vida
Veo la cinta El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), que varios críticos han calificado como poema visual (porque es sensorial, inclasificable), del excepcional cineasta Terrence Malick. Aunque hay una anécdota básica, centrada en las relaciones cotidianas de una familia (papá estricto, mamá dulce, tres hijos) en los años 50, ésta se relaciona de un cuadro a otro con el origen del mundo, los tiempos prehistóricos, los fondos submarinos, el crecimiento de las plantas y los árboles. Somos, cualquiera, parte del universo. Y a veces se nos olvida.
La película, que ganó la Palma de oro en Cannes, propone la historia total. La premisa aquella de que en una gota de agua están contenidos todos los mares del mundo tiene aquí una luminosa, espectacular y emocionante concreción. A muchos no les gustará (mis tres acompañantes se durmieron, sin ir más lejos) porque no es una película común. No importa. Yo quedé agradecido con Malick y con el cine. La música es genial, lo mismo que la fotografía del mexicano Emmanuel Lubezki.
Esa noche, tal vez por el influjo de lo visto, particularmente del final, soñé que leía un libro frente a una muchacha que se cubría la mitad del rostro con su largo cabello. Sonreía ante mis palabras, lo que comenzaba a molestarme.
Al terminar una frase levanté la cara y la interpelé:
—Sé por qué te ríes. En esta línea lo he descubierto: estás muerta.
Su sonrisa se volvía más ancha y escuchaba su voz ronquita:
—Muy bien, pero no lo has descubierto todo, sigue leyendo.
Lo hacía y llegado a cierto punto dije con una rara emoción:
—¿Estoy muerto, como tú?
Ella reía, con una risa limpia, juvenil.
—¡Claro, estás muerto como yo!
Di un primer grito y con el segundo desperté a todos en casa:
—¡Ayúdame, ayúdame!
***
Dice la introducción de mi ejemplar (Editorial Época, 2001) que en la escritura de El mundo feliz, publicada originalmente en 1932, del inglés Aldous Huxley, hay “algo frío”. No lo creo. Aunque escrita en clave futurista habla en realidad de la humanidad en todos los tiempos; dice, por ejemplo (p. 19): “El hombre no está sexualmente maduro a los trece y no ha terminado su desarrollo hasta los veinte años. De ahí proviene, desde luego, el fruto de ese lento desarrollo: la inteligencia humana”.
En la misma línea distópica (un futuro que no es) de Faherenheit 451, de Bradbury, el director del Centro de incubación y acondicionamiento, de Huxley, tiene claro que hay que trabajar desde bebés (con descargas eléctricas que los liguen al horror instintivo) para que ya de adultos hombres y mujeres teman el contacto con las flores y los libros. Esta humanidad robotizada no debe entregarse (p. 152) “a las diversiones solitarias”.
En el tiempo pasado, dice el director, los bebés tenían madre y padre y esos eran (p. 27) “hechos desagradables, bien lo sé”. Más aún (p. 39): “El hogar era tan sórdido psíquicamente como físicamente. Físicamente era un vivar de conejos, un estercolero, caldeado por los roces de la vida que se amontonaba, hediendo de emociones. ¡Cuántas bochornosas intimidades, cuántas relaciones peligrosas, insensatas, obscenas, entre los miembros de la familia!”
El libro es una invitación a leer a Shakespeare (el título viene, de hecho, de La tempestad), quien es citado profusamente, y además de la historia de amor hay este apunte sobre la amistad (p. 167): “Una de las principales funciones de un amigo es el sufrir (en forma más suave y simbólica) los castigos que queremos, y no podemos, infligir a nuestros enemigos”.
La amistad es, por cierto, el sentimiento que explora la maravillosa cinta Mary and Max (2009, dirigida por Adam Elliot), una historia cruda que hermana sentimentalmente a una niña de ocho años, de familia disfuncional, y un hombre de 44, con síndrome de Asperger, con una misantropía a todo lo que da. Lo curioso es que aunque la película no tiene actores reales (son muñecos de plastilina combinados con stop-motion) escurre mucho más humanidad que muchas, es mucho más real que aquellas que intentan retratar la realidad desde la convención de actores humanos.
Mi amiga Nadia Villafuerte, quien me la recomendó, dice que la ha visto dos veces y que como la protagonista ha llorado“lagrimitas de felicidad para guardarse en una botella”. El final, que no revelaré, me hizo recordar la amorosa amistad que siente por mí, y que es bien correspondida, mi prima Natividad. A ella escribí cartas de niño y hasta los quince años. Un día le pregunté si tenía alguna de ésas. Me vio con fijeza:
—Las tengo todas, ¿para qué las quieres?
—Para destruirlas.
—¿Estás loco? ¡Son mi tesoro!
***
Un familiar directo, que ha roto los vínculos con los suyos, a los que pertenezco, tuvo un desvanecimiento en el trabajo. Su jefa lo llevó al hospital y allí el médico le dijo algo que a nadie gustaría escuchar.
—Lo tuyo es grave. Debo operarte de inmediato. Habla con tu familia, porque no podrás valerte por ti mismo.
El hombre dijo:
—No tengo familia.
El médico:
—Esto no es un juego. O te opero ya o te puedes morir en cualquier momento. ¿No tienes hermanos, tíos, sobrinos, alguien que pueda ayudarte?
—No.
—Pues tendrás que firmarme una carta donde te das por enterado de lo que te dije y decides irte sin que yo te trate.
Firmó el papel que le pusieron enfrente.
Una prima se enteró del asunto y sus hijos hablaron con él y le dijeron que se harían cargo de los líos que día a día tendría su eventual recuperación.
Lo operaron y lo cuidan ellos. El asunto va pa’ largo, dos-tres años.
No tengo contacto con él y nunca pensé que tuviera las agallas para enfrentar la soledad que se buscó, y se ganó, con todas las de la ley. Creo que no me hubiera gustado verlo lloriqueando y pidiendo perdón, tratando de acercarse a los que logró retirar de sí. Supongo que hubiera yo aceptado con cierta reticencia ir a verlo porque, al final, podría ayudarle como ayudo a cualquier otro ser humano. No es necesario, él no quiere ver a nadie.
Mi mujer, al conocer la historia, me dijo:
—Es orgulloso, como ustedes, y eso no es bueno.
Tal vez no, pienso, pero me gusta esa actitud suya. Morirse en la raya no es mala cosa. Alo hecho, pecho.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com
SIMPÁTICO CAJÓN DE SASTRE.
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