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martes 17 de enero de 2012

LO CRUDO Y LO COCIDO





Por Héctor Cortés Mandujano



Lo normal es que un libro leído abra una o muchas puertas en nuestro interior. Leer, si el libro es bueno o adecuado a nuestro interés, nos llevará a nuevas lecturas. George Steiner me ha hecho conocer autores y libros a los que de otro modo tal vez ni hubiera llegado.


En Lenguaje y silencio (Gedisa editorial, 1982), por ejemplo, dice que (p. 286) “Lo crudo y lo cocido es un work in progress y sería fatuo emitir cualquier juicio general respecto del complejo conjunto de lo que Lévi-Strauss ha pergeñado hasta el momento. Que es uno de los logros más originales e intelectualmente instigadores del presente parece innegable. Nadie seriamente interesado en el lenguaje o la literatura, la sociología o la psicología puede ignorarlo”.


Con una amiga, en el DF, busqué los dos tomos de este título. No los hallamos. Ella me dijo, sin embargo, que buscaría entre los suyos (es arqueóloga) para ver si los tenía. Y sí, por lo menos halló el primer tomo que, me dijo, ni le había gustado. Me lo dio en préstamo.


Por mi parte, busqué en mi biblioteca un libro de Octavio Paz (Paz ocupa varios estantes en uno de mis libreros), cuyo título conozco desde hace mucho: Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo (en general me encantan los títulos de Paz, son certeros, poéticos) y descubrí que es una compra pendiente, ahora que ya soy lector de este célebre antropólogo francés con el que Esopo, fabulista, efectivamente, se hubiera dado un atracón, ya que los animales que aparecen en las mitologías que reproduce (de los indios bororo y ge de Brasil, básicamente) son prosopopéyicos, tienen comportamientos humanos. Dice Paz en un cachito que de este libro hallé en Internet (todavía no sé comprar allí, ni quiero): “Los escritos de Lévi-Strauss poseen una importancia triple: antropológica, filosófica y estética…”


Lo crudo y lo cocido (Fondo de Cultura Económica, 1968) es un libro extraño, pero cautivante. Pasa de lo real (bueno, todo lo real que pueden ser las palabras con que se cuenta un mito) a lo abstracto, es decir, al análisis de su eventual simbolismo; de un mito específico a la repetición y transformación de éste en otros contextos, en otras sociedades, que lo hacen un mito distinto que a su vez será cambiado y cambiado sin cesar.


Dice José Alejos García, en “Tradición y literatura oral en Centroamérica. Hacia una crítica teórica” (Filología mexicana, UNAM, 2001: 294): “Las investigaciones estructurales de mitología de Levi-Strauss han dejado en claro, desde hace ya cerca de medio siglo, que los mitos de los pueblos indígenas, lejos de ser meras historias extrañas, ficticias o triviales, son obras de tradición oral llenas de valores intrínsecos, de conocimientos derivados de una ‘ciencia de lo concreto’, en donde se discuten asuntos filosóficos y morales de nivel universal. El mito, nos dice Levi-Strauss, es una forma de pensamiento, un lenguaje muy elevado en el que se efectúan operaciones lógicas complejas, en donde se plantean problemas y contradicciones fundamentales de la vida social, y se les formulan soluciones”.


Lévi-Strauss sabe que con su libro no logra desentrañar de una vez y para siempre lo que hay detrás de las muchas historias, doscientas, que analiza, pero (p. 17): “el sabio no es el hombre que suministra las respuestas verdaderas: es el que plantea las verdaderas preguntas”. Trata, a mi juicio inútilmente, de hermanar la mitología con la música (si se lee el índice, de hecho, no se entiende de qué va el libro), pues (p. 25) “en efecto, una y otra son máquinas de suprimir el tiempo”, y (p. 27) “los mitos carecen de autor […] en tanto que la invención musical supone aptitudes especiales”.


En los mitos reproducidos y analizados, el jaguar es el animal que a veces es hombre, a veces mujer; en ocasiones, incluso, vive en las comunidades. Aquí una breve aparición (p. 102): “Un hombre fue a pescar con su mujer. Trepó a un árbol para atrapar loros, que lanzaba entonces a su compañera. Pero ésta se los comía. ‘¿Por qué te comes los loros?’ –preguntó él. En cuanto volvió al suelo ella lo desnucó de una dentellada. Cuando volvió ella al pueblo sus hijos acudieron para ver qué traía. Les mostró la cabeza de su padre y pretendió que era una cabeza de armadillo. Durante la noche se comió a sus hijos y escapó a la floresta. Se había convertido en jaguar. Los jaguares son mujeres”.


Esta mitología del jaguar también es recurrente en comunidades indígenas de Chiapas y aparece en varios de los cuentos derivados de la oralidad, que Marceal Méndez, tojolabal, publicó en Los últimos dioses (Conaculta, 2010), que yo prologo. No es la única coincidencia. En los kayapó brasileños, por ejemplo (p. 92), “está absolutamente prohibido a los hombres de una dinastía hablar y reír con las mujeres de otra dinastía. O inclusive mirarlas o parecer que notan su presencia”. En Oxchuc, Chiapas, me cuenta una sobrina, valga la trasposición, encarcelaron hace poco a una mujer porque estaba en la calle conversando con un hombre casado.


Más que las interpretaciones me encantará compartir contigo, lector, lectora, los mitos fabulosos. Y ahí te van (p. 115): “En otros tiempos las mujeres no existían y los hombres practicaban la homosexualidad. Uno de ellos se encontró embarazado y, como no estaba en condiciones de parir, murió.


“Un día algunos hombres vislumbraron, reflejada en el agua de un manantial, la imagen de una mujer que estaba escondida en lo alto de un árbol. […] La hicieron bajar, pero como todos los hombres la codiciaban, la cortaron en pedazos que se repartieron. Cada quien envolvió su trozo en una hoja y metió el paquete en un intersticio de la pared de su choza (como es costumbre hacer para poner un objeto a resguardo). Entonces salieron a cazar. Al retornar […] todos los pedazos se habían vuelto mujeres”.


En otro mito sobre el origen de las mujeres se cuenta (p. 116) que ellas bajaban del cielo (tenían dos cuerdas: una para las mujeres guapas, otra para las feas) a robar carne. Tenían las vaginas dentadas. El gavilán vigía cortó las cuerdas y desde entonces se quedaron con nosotros.


Otro de jaguares (p. 123): “Un ciervo se casó con la hija de un jaguar, sin darse la menor cuenta por lo demás, pues en aquella época todos los animales tenían forma humana. Un día decide ir a visitar a sus suegros. Su mujer le pone en guardia: son malos y querrán hacerle cosquillas. Si el ciervo no puede contener la risa, será devorado.


“El ciervo sale airoso de la prueba pero comprende que sus suegros son jaguares cuando éstos traen un ciervo que han matado estando de caza y se sientan a la mesa para comérselo.


“Al día siguiente el ciervo anuncia que va a cazar y trae como pieza a un jaguar muerto. Le toca a los jaguares aterrarse. Desde entonces el ciervo y los jaguares se espían mutuamente”.


Dos relacionados. Uno (p. 127): “Una mujer tenía como amante a una serpiente. So capa de coger frutos de sorveira la mujer iba al bosque todos los días y se reunía con la serpiente que habitaba precisamente en un árbol determinado. Se hacían el amor hasta que anochecía y al llegar el momento de separarse, la serpiente hacía caer suficientes frutos para que la mujer llenara su cesto”. El hermano de ella mata al amante y “más tarde el hijo que la mujer tuvo de la serpiente vengó a su padre”.


Dos: “Había una muchacha cuya sangre menstrual no dejaba de fluir. ‘¿No acabas nunca con tu regla?’ –le preguntan. ‘Sólo cuando está mi marido ahí’. Pero nadie sabía quién era el marido. Por añadidura, la chica reía sin cesar.


“Se descubre al fin que la muchacha se pasa el tiempo sentada en su choza, y precisamente encima de un agujero ocupado por su marido, el pitón. Le ponen un cepo y lo matan. Y cuando la chica da a luz seis serpezuelas, las matan también. La muchacha se transforma en iguana”.


En el análisis de los mitos, Lévi-Strauss alude al título de su aleccionador libro (p. 146): “El eje que une lo crudo y lo cocido es característico de la cultura; el que une lo crudo y lo podrido, de la naturaleza, puesto que la cocción causa la transformación cultural de lo crudo, como la putrefacción lo transforma naturalmente”.



Muchos mitos, como puede notarse, están relacionados con el sexo explícito. No es extraño. Hombres y mujeres Bororo andan prácticamente desnudos. Sólo se cubren los genitales: los hombres, que llaman “esposa” a su estuche peniano, tienen uno para todos los días y uno de fiesta; las mujeres se ponen casi siempre una cubierta blanca, y una negra cuando están indispuestas. (A propósito de estas coqueterías en la vestimenta íntima, escribe Mario vargas Llosa en las primeras páginas de su ensayo El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti [Alfaguara, 2009: 13] que “los antropólogos dicen que después de alimentarse, adornarse es la necesidad más urgente en el primitivo”.)


De entre las variaciones del mito que llevan el mismo título, La vida breve, tomo la más sintética (p. 157): “El primer hombre, creado por el demiurgo, vivía en la inocencia, no obstante tener un pene siempre erecto, cuya destumescencia intentaba en vano provocar regándolo con sopa de mandioca. Instruida por un espíritu acuático (más tarde castrado y muerto por su marido), la primera mujer le enseñó cómo ablandarse el pene entregándose al coito. Cuando el demiurgo vio el pene fláccido montó en cólera y dijo: ‘De ahora en adelante tendrás el pene blando, harás niños y después morirás; tu hijo crecerá, hará también un niño y morirá a su vez”.


Lévi-Strauss hace algunas precisiones sobre dos aspectos recurrentes en esta mitología (p. 266): “Además del aspecto alimenticio, todos estos mitos ofrecen también un aspecto sexual. Como el resto del mundo, las lenguas sudamericanas atestiguan que los dos aspectos están estrechamente ligados. Los Tuparí designan el coito por locuciones cuyo sentido propio es ‘comer la vagina’ (kümä ka), ‘comer el pene’ (ang ka). Lo mismo pasa en munducurú. Los dialectos kaingang del Brasil meridional tienen un verbo que quiere decir indistintamente ‘copular’ y ‘comer’; en ciertos contextos puede ser necesario precisar ‘con el pene’ para evitar la anfibología. Un mito cashibo relata que apenas creado el hombre, pidió de comer, y el Sol le enseñó cómo sembrar o plantar el maíz, el plátano y otras plantas comestibles.


“Entonces el hombre interrogó a su pene: ‘Y tú ¿qué quieres comer?’ El pene respondió: ‘El sexo femenino’ ”.


Pero no todo sería maravilloso para el hombre en el sexo femenino (p. 267): “Un mito mundurukú ya citado cuenta que después de que los animales hicieron vaginas a las primeras mujeres, el armadillo frotó cada órgano con la punta de una nuez podrida; de ahí su olor característico”. Sobre esto, por cierto, Jaime Sabines dice en “Poemas de unas horas místicas” (Otro recuento de poemas, 1950-1991, Editorial Joaquín Mortiz, 1991: 237):



Con esta misma mano con que escribo


me he llevado en este momento el pan a la boca


y he olido que mi mano huele, reciente,


a ese doloroso olor del sexo femenino


que hasta en las vírgenes no resiste a las horas.



Una variación de La vida breve muestra que pudimos haber sido eternos (p. 163): “Después de que un sapo le robó el fuego que negaba a los hombres, el demiurgo casó con una joven india. Cediendo a las instancias de su suegro consintió en solicitar al buitre real las luminarias celestes: estrellas, luna, sol, que eran indispensables para alumbrar la tierra.


“El demiurgo rogó entonces al hombre que enseñara a los hombres, por su mediación, las artes de la civilización. Luego de esto el pájaro (que el demiurgo había atraído haciéndose el muerto) se fue volando. En aquel momento a la suegra se le ocurrió preguntarle cómo podía devolverse la juventud a los viejos.


“La respuesta llegó de muy lejos y de muy alto. Los árboles y algunos animales la oyeron, no los hombres”.



Contactos: hectorcortesm@hotmail.com





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